sábado, 18 de enero de 2014

Tertulia en Jerusalén con el Prelado del Opus Dei

La tertulia tuvo lugar el sábado, 28 de diciembre, a las 12.00, en el centro de onferencias Adenauer. Tiene capacidad para unas 200 personas sentadas, y casi se llenó. Haré un resumen de la tertulia, con las preguntas que le hicieron. Comenzó diciendo:

"Doy gracias a Dios de poder encontrarme con vosotros. Lo hago también en nombre de un sacerdote, san Josemaría, que amó esta tierra con locura porque por estos Lugares Santos pasó Jesucristo, el Hijo de Dios. Él nos enseñó concretamente a recorrer los distintos caminos del mundo ofreciéndolos a Dios, y al mismo tiempo queriendo mucho a todas las personas. Me imagino que bastantes de vosotros conocéis lo qué es el Opus Dei, y no lo voy a explicar de un modo técnico En el Opus Dei, queremos ser mujeres y hombres que agradan a Dios. Y ¿cómo podemos hacer esto? Procurando acabar bien las tareas de la vida cotidiana. En la familia, en el trabajo, en la amistad, en el descanso. También cuando nos encontramos a solas, cada uno, sabiendo que no estamos nunca solos, porque ese Dios que ha creado el Cielo y la Tierra, que nos ha creado a cada uno de nosotros, a cada una y a cada uno, nunca nos deja. Por eso, aunque tengáis otra fe, sí que os pido, con sinceridad, que habléis con ese Dios Creador. Que le contéis vuestra vida, porque al habernos traído aquí a la tierra no nos ha dejado nunca a solas, y se ocupa, le interesa todo lo que hacemos.

Tenéis que ser mujeres y hombres con mucha alegría, pensando que ese Ser Supremo – que no está lejos, ¿eh?, está muy cerca de nosotros – ese Ser Supremo nos ama con su infinitud, y quiere concretamente contagiarnos su alegría… Sé que algunos de  vosotros no tenéis la fe católica. Sí que os puedo decir que la persona que está llevando la barca de Pedro, la Iglesia, el Papa Francisco, os quiere muchísimo a todos los que estáis en la Tierra Santa. Y que todos los días reza por vosotros y también que está deseando venir aquí para rezar con vosotros, para animaros a que viváis entre la gente de esta tierra una fraternidad que os lleve a ocuparos con generosidad los unos de los otros.

Aquí en Jerusalén y en la Tierra Santa es muy fácil dejar que el corazón se agrande ¡Pedid por todo el mundo! En estos momentos tenemos que pedir por los palestinos, por los hebreos,… y por todos los peregrinos. Para que saquemos de esta tierra ese fruto de que todos somos hermanos, de que todos tenemos que querernos, de que todos tenemos que ayudarnos. No paséis con indiferencia ante las personas que están a vuestro alrededor. Que todos los días penséis: ¿yo qué he hecho por mi familia? ¿Yo qué he hecho por mis amigos? ¿Yo qué he hecho por las personas que he conocido o que he visto por la ciudad?

Y vosotros, ¿queréis preguntar algo?

Pregunta Hani en árabe y luego el mismo lee la pregunta en castellano: 

Querido Padre, primero quería agradecerle su venida a Jerusalén y a Tierra Santa. Es muy bienvenido. Mi nombre es Hani y hace veinte años que entré en contacto con el Opus Dei. En 1994, en la tertulia que tuvo lugar en Belén, como la que tenemos hoy aquí, pude conocer y saludar a Álvaro del Portillo, su predecesor. Aquella tertulia me causó una honda impresión. Don Álvaro falleció un día después de su viaje a Tierra Santa. He estado en contacto con la Obra desde entonces. He estado asistiendo con regularidad a los medios de formación de la Obra en Jerusalén. Me puse muy contento cuando me enteré hace unos pocos meses que don Álvaro sería beatificado en 2014. Padre, la pregunta que deseaba hacerle es sobre la oración ¿Podría por favor aconsejarnos y ayudarnos a profundizar acerca de la importancia y el poder que tiene la oración, también sobre el poder de la intercesión de los santos? Y más en concreto, Padre ¿cómo acudir a personas como don Álvaro que hemos conocido y que son santas para que intercedan por nosotros? Gracias.

Contesta el Prelado: me da mucha alegría la pregunta que me haces. Quería deciros que la oración es hablar con Dios para contarle nuestras cosas. Cada uno con la fe que tiene, pero es importante que tengamos esa conversación. Me imagino que todos vosotros entendéis la grandeza del amor humano. Habéis visto dos personas enamoradas que se hablan, que se miran, y aunque digan palabras que parece que no tienen importancia y que siempre son las mismas palabras. Cuando se dicen: te amo, no es una repetición de las palabras que han dicho en otros momentos sino una renovación de ese enamoramiento que tienen. Pues ese Dios que está en los Cielos quiere que cada uno de nosotros le cuente y le refiera su vida. Le interesa toda nuestra vida, la externa y la interna. Es el mejor amigo y está constantemente pendiente de nosotros para asistirnos en todas las necesidades que tengamos. Por eso, hacer oración es también trabajar bien, hacer oración es también ser serviciales, mujeres y hombres que se ocupan de que la vida en la familia sea amable. Hacer oración es también vivir con las amistades una sinceridad clara, para ayudarles si hay algo que tienen que corregir o para aprender de ellos.

Eso es lo que tenemos que vivir con Dios y eso es hacer oración. Pararnos de cuando en cuando unos minutos para decirle: Señor, te voy a contar lo que llevo dentro…¡Él lo conoce, es el Omnisciente, lo conoce todo! Pero de la misma manera que un padre o una madre escuchan con cariño a sus hijos, y una enamorada escucha a su enamorado, y una hermana escucha a su hermano, y una amiga escucha a su amigo, así pasa con Dios. Porque todo el amor que podemos tener las mujeres o los hombres en la tierra viene de ese Dios que es el amor perfecto. Pues reza, habla mucho de tu vida… Que habléis mucho de vuestra vida con el Señor.

Y después es importante que recurramos a las personas que han sido fieles a Dios porque están en la presencia del Señor, como por ejemplo don Álvaro. Si acudimos a él intercederá por nosotros. Mirad, he visto muchas veces a San Josemaría despidiéndose, o también acompañando a alguna persona que dejaba esta tierra para marcharse al otro mundo. Les decía: ¡no nos separamos nunca! ¡Nos veremos dentro de los años que sean! Pues que sepáis que las personas que se nos han marchado al Cielo ¡no nos han dejado! Nos siguen queriendo como aquí en la tierra…¡Aun más! Y por lo tanto, si acudimos a su intercesión, ellos presentarán al Señor, a la Trinidad, a Dios, presentarán concretamente nuestras peticiones.

Os sugiero, también a los que no sois católicos: acudid a don Álvaro, que pasó por esta tierra con tanto cariño, ¡cómo disfrutó! – ya estaba anciano –, y además el Señor lo llamó a su presencia el mismo día que dejó esta tierra. Pero ¡qué alegría tuvo por estos caminos, rezando por todas las personas – a vosotros también– a los que estáis ahora aquí, a los que vendrán a lo largo de los tiempos. Iba con ese amor de Cristo, llevando a todas las personas, su vida, sus intenciones. Acudid a don Álvaro ¡Es vuestro amigo! ¡Os quiere con toda el alma! ¡Vino aquí para aprender!  Tenemos filmada una película que hicieron cuando iba en el avión y se despidió de la gente, pero no con tristeza sino con alegría diciendo: nos volveremos a ver. Don Álvaro si le tratáis os ayudará a que le veáis y a que conozcáis más a Dios.

Pregunta Nathan primero en hebreo y luego en español, pues es de origen argentino

Mi nombre es Nathan Goldschmidt. Soy arquitecto… Me ocupo del diseño del proyecto de Saxum en Abu Gosh y represento a un grupo de más de veinticinco empresas de arquitectos e ingenieros que desde hace más de dos años están dedicándose a este proyecto con mucha dedicación y con mucho amor. La pregunta es: ¿Cuál es la expectativa de este edificio que tiene que empezarse en los próximos días a construir?

Contesta el Prelado: No te puedes imaginar cuánta gente en el mundo entero está encomendando Sáxum, Nathan, y a todas las personas que estáis trabajando allí. Para que se hagan las cosas bien. Para que sea luego un lugar de encuentro con muchas personas. Cuando estés en Abu Gosh ten el convencimiento de que rezarán por ti, por tu familia, por todas tus intenciones, gente que no te conoce, pero saben que es un lugar de familia, donde se vive el trato con Dios y el trato con muchas personas.

San Josemaría fue un arquitecto en potencia, porque quiso ser arquitecto pero pasó Dios por medio, y cambió sus planes. Pero entendía muy bien los planos. Yo estoy seguro que desde el Cielo está poniendo en tu mente cómo hacer bien esos planos de Saxum, por donde paserán miles y miles y miles de personas. Cuando dentro de dos siglos no estemos nosotros aquí, esa gente estará pidiendo por Nathan y su familia y pidiendo al Señor que te tenga muy cerca de Él. Que Dios te bendiga.

Pregunta Sawa en árabe y luego le traducen al castellano. 

En Tierra Santa vivimos inmersos en una variedad cultural y religiosa muy amplia ¿Nos podría decir cuál es la misión del Opus Dei en esta variedad?

El Prelado: Recordar a todos, aquí y en el mundo entero,¡que somos hermanos, que nos tenemos que querer! Podemos tener caracteres diferentes, podemos tener una fe diferente, pero esto no puede constituir una muralla, algo que nos separe. Tenemos que estar todos los días, constantemente, tendiendo las manos a la gente que está a nuestro alrededor para servir, para ayudar, como hizo – los católicos lo entendemos así – como hizo Jesucristo. Se dirigió a todas las personas: ricos y pobres, ancianos y jóvenes, sanos y enfermos, que no eran personas que seguían a Jesucristo. Y se dirigía a todos. Pues el Opus Dei quiere seguir esos pasos de Jesucristo, y así nos veamos todos hermanos. 

El Opus Dei ha venido aquí a Tierra Santa en primer lugar para aprender. Queremos aprender de todas las virtudes que hay entre los judíos y los árabes. Nos interesan todas las personas. Y queremos decirles a todos que somos hermanos, hermanos en Jesucristo, y queremos tender las manos para que todos se encuentren comprendidos, queridos y ayudados.

Imad pregunta en árabe y luego leen la tradución al castellano.

Mi nombre es ImadYounis, soy de Nazaret,mi mujer se llama Reem. Soy padre de tres hijos: Dima, Joud y Nada, la pequeña. Aquí la mayoría de las personas cristianas lo son por tradición, aunque están muy orgullosas de serlo. En muchas familias de Israel, Palestina, Jordania, Siria, Egipto, Iraq y del resto de los países del Medio Oriente se basa la formación de los hijos en el miedo. Les hacen mirar el mundo y afrontarlo desde el punto de vista del miedo. Por supuesto hay muchas razones humanas para que se dé este fenómeno. Por ejemplo, en Israel los cristianos son la minoría de una minoría, aunque también en los otros países afrontan otras muchas dificultades. Padre, en su opinión ¿cómo podemos cambiar esta cultura del miedo que ha penetrado poco a poco en el Oriente desde hace cientos de años y sustituirla por una cultura del amor? Pienso que su respuesta será que recemos y que estemos cerca de Jesucristo y yo estoy de acuerdo con usted en que así deberíamos hacer. Pero ¿cómo podemos dirigirnos a una sociedad que tiene miedo, que es materialista, que está dividida y rodeada por un lenguaje de violencia, de manera que podamos hacer que se convenzan y acepten una forma de vida para que ellos, que no tratan a Dios, quizás les parezca extraña e irracional? Y ¿cómo decir a los padres: tenéis miedo a que vuestros hijos crezcan aprendiendo a amar, a querer a los judíos, a los musulmanes, a todos? Padre, ¿que nos sugiere?

Contesta el Prelado: os sugiero varias cosas. En primer lugar, hombres del Medio Oriente, mujeres del Medio Oriente: que aprendáis a querer. Que todos los días deseéis amar más a vuestros vecinos, a las personas que tratáis, a las personas que conocéis. No se puede cambiar una situación en dos horas, en veinticuatro horas, ¡pero empezad en vuestras casad mismas, dando confianza a vuestros hijos! ¡Haciéndoles conocer que estáis orgullosos de ser sus padres! ¡Que queréis interesaros por todo lo que les preocupa a ellos! ¡Que les deis capacidad de que expongan lo que tienen en la cabeza, los problemas! Que empecéis por vuestros hogares propios, creando un ambiente de confianza. Si vivimos después con los vecinos, con los amigos, con los colegas, con las personas que están al lado de nosotros, este ambiente de confianza, de vivir pendientes de los demás, iremos poco a poco abandonando el miedo, abandonando esa especia de obstáculo que nos impide comprender a los demás.


Empezad por las familias vuestras. Comprended a vuestros hijos, comprended a vuestra mujer, comprended a vuestro marido. Y si os ejercitáis en esa comprensión luego llevaréis esa labor a las personas que tratéis. No penséis que vamos a hacerlo inmediatamente, hay que ir poco a poco. Empezad por vuestras familias ¡Que sean hogares de paz, donde de verdad los hijos vayan a hablar con mamá y con papá, con plena confianza! ¡Que el marido y la mujer hablen con plena confianza! Y eso influye en vuestros amigos, influye en las personas que tratéis. Y así poco a poco iremos creando ese ambiente de confianza, de caridad, que es lo importante, no solamente en un círculo pequeñito, sino que lo iremos extendiendo. Sed hombres y mujeres de paz. Sed hombres y mujeres de servicio. Y así iréis quitando en el ambiente que pueda haber de miedo y de prevención de algunas personas.

Terminó con estas palabras: 

Me dice don Joaquín que hemos pasado el tiempo. Que Dios os bendiga. Os pido, si queréis, que de pie, cada uno en su fe, recemos por todas las autoridades de Israel, de Palestina, por las autoridades eclesiásticas, por las autoridades universitarias y por las autoridades civiles. Yo voy a rezar en alto, vosotros haced lo que queráis, rezando por todo el pueblo y por todas las autoridades de esta tierra maravillosa, que es la Tierra Santa.

Después dio la bendición con el Niño Jesús en silencio.

sábado, 11 de enero de 2014

Visita del Prelado a Saxum

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El Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, viajó a Tierra Santa del 27 al 30 de diciembre. En las próximas entradas escribiré acerca de las tertulias generales que hemos tenido en Jerusalén y Belén esos días. Aquí recogeré su visita al terreno de la futura casa de retiros de la Obra en Tierra Santa, que lleva el nombre de Saxum. Se denomina así en honor al venerable siervo de Dios Álvaro del Portillo que, peregrinó a Tierra Santa y se fue al cielo la misma noche de su regreso a Roma. Será beatificado este año. Saxum es una palabra latina que significa "roca". San Josemaría llamaba así a D. Álvaro del Portillo, pues decía que se podía apoyar en él como en una roca.

En la visita de Mons. Javier Echevarría al terreno tuvo lugar una bendición del terreno, y de esta cerámica con el nombre Saxum que aparece en la foto y que, cuando ya esté construida la casa, podrá servir de recuerdo como si se tratara de la primera piedra.

En la carta que el Prelado nos escribió a su regreso a Roma, nos decía sobre este proyecto:

Saxum! Dejo correr la imaginación, considerando la inmensa labor que pondremos en marcha con repercusiones fantásticas en todo el mundo. Como he comentado esta mañana, cuando nos hemos reunido con los que allí trabajan, he contemplado con el pensamiento el gran hormigueo de personas de todos los países, de innumerables lenguas que acudirán para llenarse del "gaudium cum pace" que nos ha traído el Señor. Decidles también a ellos que trabajemos con responsabilidad y, bien unidos, porque de todos los esfuerzos que hagamos se beneficiarán, siempre más personas de los cinco continentes.
Os recuerda y bendice, vuestro Padre
+ Javier
carta del padre saxum





sábado, 4 de enero de 2014

La Basílica de la Natividad

Primero hablaremos del exterior de la Basílica. Desde la plaza que hay delante de la basílica, el visitante tiene la impresión de hallarse frente a una fortaleza medieval: gruesos muros y contrafuertes, con escasas y pequeñas ventanas. Se entra por una puerta tan diminuta que obliga a pasar de uno en uno, y aun así con dificultad: es preciso inclinarse bastante. 

En su homilía durante la Santa Misa de la última Nochebuena, Benedicto XVI se refirió a este acceso al templo: «Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios. Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Me parece que en eso se manifiesta una cercanía en esta Noche santa: si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón “ilustrada”. Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios” (Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2011).

En cuanto al interior, la basílica –con planta de cruz latina y cinco naves– tiene una longitud de 54 metros. Las cuatro filas de columnas, de color rosáceo, le dan un aspecto armonioso. En algunos lugares, es posible contemplar los mosaicos que adornaban el pavimento de la primitiva iglesia constantiniana; en las paredes, también se han conservado fragmentos de otros mosaicos que datan de los tiempos de las Cruzadas.

Pero el centro de esta gran iglesia es la Gruta de la Natividad, que se encuentra bajo el presbiterio: tiene la forma de una capilla de reducidas dimensiones, con un pequeño ábside en el lado oriental. El humo de los cirios, que la piedad popular ha puesto durante generaciones y generaciones, ha ennegrecido las paredes y el techo. Allí hay un altar y, debajo, una estrella de plata que señala el lugar donde Cristo nació de la Virgen María. La acompaña una inscripción, que reza: Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est.

El pesebre donde María acostó el Niño, tras envolverlo en pañales, se encuentra en una capillita aneja. En realidad es un hueco en la roca, aunque hoy está recubierto de mármol y anteriormente lo estuvo de plata. Enfrente, hay un altar llamado de los Reyes Magos, porque tiene un retablo con la escena de la Epifanía.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Belén y los primeros cristianos


Retablo sobre el lugar del nacimiento de Jesús. Foto: Leobard Hinfelaar.También los discípulos del Señor y los primeros cristianos fueron muy conscientes desde el principio de la importancia que había adquirido Belén. A mediados del siglo II, san Justino, que era natural de Palestina, se hacía eco de los recuerdos que se transmitieron de padres a hijos los habitantes de la aldea sobre la gruta, usada como establo, en que había nacido Jesús (Cfr. San Justino, Diálogo con Trifón, 78, 5). 


En los primeros decenios del siglo siguiente, Orígenes atestigua que el lugar donde nació el Señor era perfectamente conocido en la localidad, incluso entre quienes no eran cristianos: «En armonía con lo que en los evangelios se cuenta, en Belén se muestra la cueva en que nació [Jesús] y, dentro de la cueva, el pesebre en que fue reclinado envuelto en pañales. Y lo que en aquellos lugares se muestra es famoso aun entre gentes ajenas a la fe; en esta cueva, se dice, nació aquel Jesús a quien admiran y adoran los cristianos” (Orígenes, Contra Celso, 1, 51).

En tiempos del emperador Adriano, las autoridades del Imperio edificaron templos paganos en varios enclaves –por ejemplo, el Santo Sepulcro y el Calvario– venerados por los primeros cristianos, con el propósito de borrar los vestigios del paso de Cristo por la tierra: «Desde los tiempos de Adriano hasta el imperio de Constantino, por espacio de unos ciento ochenta años, en el lugar de la resurrección se daba culto a una estatua de Júpiter, y en la peña de la cruz a una imagen de Venus de mármol, puesta allí por los gentiles. Sin duda se imaginaban los autores de la persecución que, si contaminaban los lugares sagrados por medio de los ídolos, nos iban a quitar la fe en la resurrección y en la cruz” (San Jerónimo, Cartas, 58, 3).

Algo análogo pudo suceder en Belén, ya que el lugar donde nació Jesús fue convertido en un bosque sagrado en honor del dios Adonis. San Cirilo de Jerusalén vio los terrenos donde se encontraba la gruta cubiertos de árboles (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 12, 20: «Hasta hace pocos años se trataba de un lugar poblado de bosque»), y san Jerónimo también se refiere al fallido intento de paganizar esta memoria cristiana con palabras no exentas de cierta ironía: «Belén, que es ahora nuestra, el lugar más augusto del orbe, aquel del que dijo el salmista: de la tierra ha germinado la Verdad (Sal 84, 12), estuvo bajo la sombra de un bosque de Thamuz, es decir, de Adonis, y en la cueva donde antaño dio Cristo sus primeros vagidos se lloraba al querido de Venus» (San Jerónimo,Cartas, 58, 3).

J. Gil. josemariaescriva.info

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un niño que es Dios

Jesús nació en una gruta de Belén, dice la Escritura, "porque no hubo lugar para ellos en el mesón" (Lc. 2, 7). Se calcula que Belén fue fundada por los cananeos hacia el año 3.000 antes de Cristo. Es mencionada en algunas cartas enviadas por el gobernador egipcio de Palestina al faraón, en torno al año 1.350 a. C. Después, la conquistaron los filisteos. En la Sagrada Escritura, se alude por primera vez a Belén – que por entonces se llamaba también Éfrata: la fértil– en el libro del Génesis, cuando se relata la muerte y sepultura de Raquel, la segunda esposa del patriarca Jacob: Raquel murió y fue sepultada en el camino de Éfrata, es decir, de Belén (Lc. 2, 7). 

Más adelante, cuando se hizo el reparto de las tierras entre las tribus del pueblo elegido, Belén quedó asignada a la de Judá y fue cuna de David, el pastorcillo –hijo menor de una familia numerosa– elegido por Dios como segundo rey de Israel. A partir de entonces, Belén quedó unida a la dinastía davídica, y el profeta Miqueas anunció que allí, en esa pequeña localidad, nacería el Mesías:
Pero tú, Belén Éfrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos. Por eso Él los entregará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces, el resto de sus hermanos volverá junto a los hijos de Israel. Él estará firme, y apacentará con la fuerza del Señor, con la majestad del Nombre del Señor, su Dios; y ellos podrán reposar, porque entonces él será grande hasta los confines de la tierra (Mi 5, 1-3).

En este texto encontramos varios elementos relacionados con las profecías mesiánicas de Isaías (Cfr. Is 7, 14; 9, 5-6; 11, 1-4.) y también con otros pasajes de la Escritura en los que se anuncia un futuro descendiente de David (Cfr. 2 S 7, 12; 12-16; Sal 89, 4). La tradición judía vio en las palabras de Miqueas un vaticinio sobre la llegada del Mesías, como ha quedado reflejado en varios lugares del Talmud(Cfr. Pesajim 51, 1 y Nedarim 39, 2). También san Juan, en su Evangelio, se hace eco de cuál era la opinión dominante entre los judíos del tiempo de Jesús acerca de la procedencia del Mesías: ¿no dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David? ( Jn 7, 42).

Pero es en el Evangelio de san Mateo donde se cita explícitamente la profecía de Miqueas, cuando Herodes reúne a los sacerdotes y escribas para preguntarles dónde había de nacer el Mesías: en Belén de Judá –le dijeron–, pues así está escrito por medio del Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel ( Mt 2, 5-6.).

Nace Dios en Belén. A comienzos del siglo I, Belén era una aldea que no contaría con más de un millar de habitantes. La formaban un reducido conjunto de casas diseminadas por la ladera de una loma y protegidas por una muralla que estaría en malas condiciones de conservación, o incluso desmoronada en buena parte, ya que había sido construida casi mil años antes. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería. Tenía buenos campos de trigo y cebada en el extenso llano al pie de la loma: tal vez a estos cultivos se debe el nombre de Bet-Léjem, que en hebreo significa “Casa del pan”. En los campos más cercanos al desierto, pastaban además rebaños de ovejas.

La pequeña aldea de Belén siguió contando los días de su monótona existencia agrícola y provinciana hasta que acaeció el inaudito acontecimiento que la haría famosa para siempre en el mundo entero. San Lucas lo relata con sencillez: "En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento fue hecho cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta" (Lc 2, 1-5).

Unos ciento cincuenta kilómetros separaban Nazaret de Belén. El viaje resultaría especialmente duro para María, en el estado en que se encontraba. Las casas de Belén eran humildes y, como en otros lugares de Palestina, los vecinos aprovechaban las cuevas naturales como almacenes y establos, o bien las excavaban en la ladera. En una de estas grutas, nació Jesús: "Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento" (Lc 2, 6-7).

Un Niño que es Dios. La Providencia de Dios había dispuesto los acontecimientos para que Jesús –el Verbo hecho carne, el Rey del mundo y el Señor de la historia– naciera rodeado de una pobreza total. Ni siquiera pudo gozar del mínimo de comodidades que una familia humilde podría haber preparado con afecto para el nacimiento de su hijo primogénito: solamente contó con unos pañales y un pesebre.

J. Gil. josemariaescriva.info

sábado, 14 de diciembre de 2013

Los ángeles anuncian el misterio a los pastores


En los ábsides, están representadas las principales escenas del pasaje evangélico. Firma: Berthold Werner (Wikimedia Commons).Los pastores estaban escuchando el mensaje, envueltos en una nube de luz, cuando de pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace» (Lc 2, 13-14). Considerando este pasaje, Benedicto XVI hace hincapié en un detalle: «para los cristianos estuvo claro desde el principio que el hablar de los ángeles es un cantar, en el que se hace presente de modo palpable todo el esplendor de la gran alegría que ellos anuncian. Y así, desde aquel momento hasta ahora el canto de alabanza de los ángeles jamás ha cesado» (Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, La infancia de Jesús, p. 80).


De modo particular, aquel coro resuena a través de los siglos en el himno del Gloria, que muy pronto la Iglesia incorporó a la liturgia. «A las palabras de los ángeles, desde el siglo II, se añadieron algunas aclamaciones: "Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias"; y más tarde otras invocaciones: "Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo...", hasta formular un armonioso himno de alabanza que se cantó por primera vez en la misa de Navidad y luego en todos los días de fiesta. Insertado al inicio de la celebración eucarística, el Gloria quiere subrayar la continuidad que existe entre el nacimiento y la muerte de Cristo, entre la Navidad y la Pascua, aspectos inseparables del único y mismo misterio de salvación» (Benedicto XVI, Audiencia general, 27-XII-2006).

Al recitar o cantar el Gloria durante la Santa Misa -en los días y tiempos prescritos por la liturgia-, toca a cada uno tener presentes estos misterios, en los que contemplamos a Jesús hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, revelarnos el amor que nos tiene, redimirnos, restablecernos en nuestra vocación de hijos de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 516-518). Si nos unimos sinceramente al himno angélico no solo de palabra sino con la vida entera, alimentaremos el deseo de imitar a Cristo, de cumplir también nosotros la voluntad de Dios y de darle gloria.


sábado, 7 de diciembre de 2013

La explanada de los pastores


Santuario del Gloria in excelsis Deo, en Siyar el-Ghanam. Firma: Alfred Driessen.El segundo de los lugares, distante casi un kilómetro hacia el nordeste, se encontraba en el sitio de Siyar el-Ghanam, “el campo de los pastores”. En una ladera donde abundan las grutas naturales, había un terreno con ruinas que fue adquirido por los franciscanos en el siglo XIX. Las excavaciones realizadas entre 1951 y 1952 -continuación de otras parciales de 1859- sacaron a la luz dos monasterios que estuvieron habitados del siglo IV al VIII. La iglesia del primero habría sido demolida en el siglo VI y reconstruida sobre su misma planta, pero desplazando el ábside ligeramente hacia el este, lo que sugiere una relación con algún recuerdo particular. El complejo contaba con numerosas instalaciones agrícolas -prensas, piletas, silos, cisternas- y aprovechaba las cuevas de la zona. Estas habrían sido utilizadas ya en tiempos de Jesús, a juzgar por los hallazgos de piezas de cerámica pertenecientes a la época herodiana. También se conservan los vestigios de una torre de guardia.

Belén y su comarca ocupan un terreno suavemente ondulado. En algunas lomas, la pendiente ha sido escalonada en terrazas y se han plantado olivares; en los valles, las zonas más planas están divididas en campos de cultivo; y en las tierras sin labrar, donde enseguida aflora el estrato rocoso, crece una vegetación dispersa, típicamente mediterránea, formada por pinos, cipreses y varias especies de arbustos.

En esta región apacentaba David los ganados de su padre cuando fue ungido por Samuel (cfr. 1 S 16, 1-13) y, tres generaciones antes, su bisabuela Rut espigaba los campos de trigo y cebada detrás de los segadores de Booz (cfr. Rt 2, 1-17). Siglos después, cuando se cumplió el momento de la venida del Hijo de Dios a la tierra, allí tuvo lugar el primer anuncio del nacimiento de Jesús: “había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: -No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre” (Lc 2, 8-12).

En el altar, una inscripción recuerda la contribución de Canadá a la construcción del santuario. Firma: Jamie Lynn Ross (Flickr).Aunque el relato evangélico no permite identificar con certeza el lugar de aquella aparición, los cristianos enseguida la situaron en un paraje a unos dos o tres kilómetros al este de Belén, donde hoy se encuentra el pueblo de Bet Sahur: “la casa de los vigías”. San Jerónimo lo menciona (cfr. San Jerónimo, Epistola CVIII. Epitaphium Sanctae Paulae, 10), asociándolo al emplazamiento bíblico llamado Migdaléder -“la torre de Ader” o “del rebaño”-, donde Jacob estableció su campamento tras la muerte de Raquel (cfr. Gn 35, 21). En el periodo bizantino -siglo IV o V-, allí se edificó un santuario dedicado a los pastores, la iglesia de Jerusalén celebraba una fiesta la vigilia de la Navidad y también se veneraba una gruta. Hubo además un monasterio, pero de todo esto no quedaban más que ruinas cuando llegaron los cruzados.

Siglos después, ya en época moderna, dos lugares diferentes del pueblo Bet Sahur conservaban la memoria de las antiguas tradiciones. El primero era conocido como Der er-Ruat y se hallaba en la parte oeste de la localidad, que casi se ha convertido en un barrio de Belén. Allí había restos de un pequeño santuario bizantino. Actualmente existen en esa zona una iglesia ortodoxa, construida en 1972, y la parroquia católica, edificada en 1951 y dedicada a la Virgen de Fátima y a santa Teresita de Lisieux.

Sobre una roca que domina esas ruinas del Campo de los pastores, la Custodia de Tierra Santa edificó entre 1953 y 1954 el santuario del Gloria in excelsis Deo, donde se conmemora el primer anuncio del nacimiento de Cristo. Se llega a través de un paseo enlosado, flanqueado por pinos y cipreses. La vista desde el exterior, con la planta en forma de decágono y los muros inclinados, pretende recordar una tienda de nómadas. En el interior, destaca el altar en el centro; en las paredes, en tres ábsides, se reproducen las escenas evangélicas: la aparición celestial, los pastores dirigiéndose a Belén y la adoración del Niño. El torrente de luz que entra a través de la cúpula acristalada trae a la memoria la que rodeó a aquellos hombres. Diez figuras de ángeles, junto con el canto que entonaron, decoran el tambor: gloria in altissimis Deo et in terra pax hominibus bonæ voluntatis (Lc 2, 14).