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sábado, 17 de febrero de 2018

Peregrinación cuaresmal a Dominus flevit

El calendario de Cuaresma en Tierra Santa es rico e intenso. En la segunda semana del tiempo cuaresmal inician las peregrinaciones a los santuarios de la Pasión y Muerte de Jesús, una tradición de muchos siglos, que ha sido mantenida viva por los franciscanos de Jerusalén, que culminará en la Semana Santa.

“En Tierra Santa somos afortunados porque podemos seguir a Jesús, escucharlo en todos los lugares en donde se manifestó y nos amó. Es un itinerario completo, porque la característica de Tierra Santa es definida por esta palabra: hic, aquí. Yo logro ver con mis propios ojos y tocar con mis manos”.

La primera celebración se realiza en el Santuario del Dominus Flevit, que significa “El Señor lloró”. El pequeño santuario situado en el Monte de los Olivos acoge a la comunidad local y a los peregrinos para la celebración de la misa.

Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19, 41-44).

La peregrinación cuaresmal, que es sobre todo un camino de meditación y que cada semana tendrá una etapa ante un santuario diverso, comienza desde aquí, desde este lugar desde el cual es posible contemplar el panorama espléndido de una ciudad santa y amada por Dios, pero que continúa llena de contradicciones y sufrimientos.

Impresiona aún más pensar en el nombre y en el evento al que se refiere este santuario: “Dominus Flevit”, El Señor lloró aquí, en Jerusalén porque ésta “no había comprendido la vía de la paz”.

“Este llanto de Cristo continúa y todavía hoy es muy actual porque la gente sufrirá hasta que no reconozca en Él al verdadero Mesías y es difícil responder cuál es la verdadera causa de estos problemas, que vivimos en estos días, en estos años en Jerusalén, en la ciudad santa, en su ciudad”

sábado, 10 de febrero de 2018

Cristo llora al ver la ciudad de Jerusalén

Narran los Evangelios que en el Domingo de Ramos, durante el cortejo de su entrada triunfal en Jerusalén, cuando pasaba en las proximidades del Huerto de los Olivos, Jesús se detuvo por un momento. Tenía él delante de sí el bello panorama, en el cual se destacaba el majestuoso Templo, cuyos portales habían sido cruzados a lo largo de los siglos por tantas generaciones de fieles, y sobre todo Profetas, Reyes y grandes personajes bíblicos. Allí, de tantos modos, se manifestara el propio Dios.

En medio al silencio de la multitud, el Divino Maestro se detuvo para considerar aquel escenario, recordando las disposiciones de sus habitantes a lo largo de tres años de predicaciones. ¡Entonces, lloró!

Consideraba el empeño con que invitara al pueblo de Israel para trillar la vía de una profunda conversión, y el rechazo con que este llamado fue respondido. Rechazo que se consumaría con su condenación y crucifixión.

"Oh, si tú al menos en ese día que te es dado, conocieseis lo que puede traerte la paz. Pero no, eso está oculto a tus ojos. Vendrán sobre ti días en que tus enemigos te cercarán de trincheras, te sitiarán y te apretarán por todos lados" - exclamó Jesús (Lc, 19, 40)

"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas los profetas y apedreas aquellos que te son enviados! ¡Cuántas veces yo quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos debajo de sus alas... y tú no quisiste!" (Mt. 23, 37).

Dos mil años transcurrieron desde que esas lágrimas brotaron del rostro de Jesús. A lo largo de los años y de los siglos, la Iglesia viene recordando tal episodio en sus lecturas litúrgicas, sobre todo en la Semana Santa. Además, lo recuerda también un simple monumento, esto es, una Capilla edificada en el lugar donde se dio el llanto.

El pequeño templo, concebido con el formato que evoca una gota de lágrima, fue edificado en 1950 sobre las ruinas de un pequeño oratorio de los primeros siglos de la era Cristiana, del cual se conservan algunos trazos.

La Capilla es designada en latín con el título Dominus Flevit, que significa El Señor Lloró.

Una amplia ventana permite al sacerdote Celebrante, así como a los fieles, contemplar a lo lejos la ciudad Santa de Jerusalén, en la misma perspectiva que lo hizo el Divino Maestro hace dos mil años.

La posición de su altar - junto a una amplia y artística ventana semicircular - permite que el Celebrante, como también el público, tenga delante de sí el mismo escenario de Jerusalén, contemplado antes por el propio Cristo.

El altar de mármol ostenta un bello mosaico con la artística figura de una gallina protegiendo a sus pollitos debajo de las alas abiertas. Esa ave, tan común en los menús domésticos de los pueblos, fue elevada por Nuestro Señor en sus predicaciones, que la comparó a la protección de los padres a sus hijos. Por eso, en la decoración de un altar simboliza al propio Salvador, en su amor por la humanidad.

En una de sus homilías sobre el Domingo de Ramos, comenta Monseñor João Clá, que "la realeza de Jesucristo proclamada en su solemne entrada en Jerusalén, se tornaría pretexto de su condenación. ¿Por qué? Por el odio de los que no quieren aceptar la invitación para un cambio de vida. Jesús venía predicando una nueva perspectiva del Reino de Dios, bien diferente de aquella que ellos tanto deseaban, y por eso fue rechazado. Vemos que si la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén precedía las humillaciones de su Pasión, esta, a su vez, prenunciaba la verdadera glorificación de Jesús, conforme sus propias palabras a los discípulos de Emaús, después de la Resurrección: "¿Por ventura no era necesario que Cristo sufriese para que así entrase en la gloria? (Lc 24, 26).

En el altar de la Capilla un mosaico evoca el deseo del Divino Maestro de acoger bajo su protección al pueblo de Israel, como la gallina acoge y protege sus pollitos.

P. Colombo Nunes Pires, EP.

sábado, 21 de febrero de 2015

Dominus Flevit

Vista del santuario del Dominus Flevit desde la explanada de las mezquitas. La forma del tejado quiere sugerir una lágrima. Foto: Leobard HinfelaarContemplamos ese amor infinito de Jesús desde los primeros compases del misterio pascual, cuando se dispone a cumplir su entrada mesiánica en la ciudad de David, llegando por el camino de Betania y Betfagé. Narran los evangelistas que envió a dos discípulos a una aldea cercana, y allí tomaron un borrico, sobre el que hicieron montar al Señor. Y mientras descendía la ladera del monte de los Olivos, entre las alabanzas que la multitud dirigía a Dios, al ver la ciudad, lloró por ella, diciendo:

—¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que no solo te rodearán tus enemigos con vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de la visita que se te ha hecho (Lc 19, 41-44.)

Aquel llanto de Cristo se recuerda en el santuario del Dominus Flevit, situado en la falda occidental del monte de los Olivos. Se trata de una pequeña capilla construida por la Custodia de Tierra Santa en 1955, sobre un terreno que pertenecía a las religiosas benedictinas que tienen su convento en la cima. Aunque no existe una ubicación tradicional segura relacionada con el hecho evangélico —pues fue cambiando con las épocas—, el lugar actual conserva vestigios de la presencia cristiana desde los primeros siglos: las excavaciones arqueológicas realizadas entre 1953 y 1955 condujeron al hallazgo de una necrópolis con cien tumbas —que van desde la edad de bronce hasta los periodos romano, herodiano y bizantino— y los restos de una capilla y un monasterio que, por algunos pavimentos de mosaico, podrían datarse hacia el siglo VII.

Se llega al Dominus Flevit por una carretera bastante empinada que comunica Getsemaní y la cumbre del monte de los Olivos. La mayor parte de esa ladera —que correspondería al valle de Josafat bíblico (Cfr. Jl 4, 2.12)- está ocupada por cementerios judíos. Al entrar en la propiedad franciscana, un camino flanqueado de cipreses, olivos y palmeras conduce hasta la iglesia. Alrededor, pueden apreciarse los descubrimientos arqueológicos. El edificio, con planta de cruz griega y cerrado con una cúpula de arcos apuntados, se orienta al oeste y tiene un gran ventanal en el ábside, abierto hacia la Ciudad Santa: muestra al peregrino la misma panorámica que vería Jesús cuando descendió desde Betfagé. En las paredes, cuatro relieves representan escenas relacionadas con la entrada mesiánica de Cristo; y en el frontal del altar, un mosaico hace referencia a otro lamento del Señor:
—¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste. Mirad, vuestra casa se os va a quedar desierta. Así pues, os aseguro que ya no me veréis hasta que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor (Mt 23, 37-39; cfr. Lc 13, 34-35.)

Foto: Alfonso PuertasLa vista de la ciudad antigua desde el extremo del recinto es magnífica, en particular por la mañana, cuando los rayos del sol iluminan la piedra de los edificios: a los pies, el Cedrón, que separa Jerusalén del monte de los Olivos; en la vertiente oriental del torrente, los cementerios judíos, y en la occidental, junto a la muralla, los musulmanes; enfrente, la explanada del antiguo Templo, hoy de las mezquitas, con la dorada Cúpula de la Roca en el centro y la de Al-Aqsa a la izquierda; detrás, las cúpulas de la basílica del Santo Sepulcro y, algo más lejos, a la derecha, la torre espigada del convento franciscano de San Salvador, sede de la Custodia de Tierra Santa; al sur de la muralla, las excavaciones arqueológicas en la colina del Ofel y la antigua Ciudad de David; más allá, entre algunos árboles, la iglesia de San Pedro in Gallicantu; y al fondo, en la línea del horizonte, la basílica y la abadía benedictina de la Dormición, en el monte Sión.

«La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 570.)

La muchedumbre de los discípulos, al comprobar el cumplimiento de los oráculos proféticos y sentir cercana la manifestación del Reino, acompaña a Cristo gozosamente: «gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz —la luz del amor de Jesús, de su corazón—, de alegría, de fiesta» (Francisco, Homilía, 24-III-2013.)

Al mismo tiempo, ese júbilo se ve turbado por el llanto del Señor. Su gesto de dirigirse a la Ciudad Santa montado en un pollino era como una última llamada al pueblo: por las entrañas de misericordia de nuestro Dios —había dicho Zacarías en el Benedictus—, el Sol naciente nos visitará desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79); sin embargo, Jerusalén, que había visto tantos signos del Maestro, no sabrá reconocerlo como el Mesías y el Salvador.

sábado, 13 de septiembre de 2014

D. Álvaro en Dominus flevit y Belén

El viernes 18 de marzo, volvimos con don Álvaro al Santo Sepulcro, para hacer un buen rato de oración y celebrar la Misa en el altar de la Magdalena. De nuevo don Álvaro se arrodilló ante el sepulcro del Señor y en el lugar de la Crucifixión y visitó detenidamente la Basílica.
Después fuimos a visitar el “Dominus flevit”. Allí se le acercó un muchacho joven, español, de Valencia, que le pidió a don Álvaro su bendición y le dijo que le gustaría hacerse una foto con él, porque tenía un hermano del Opus Dei y le alegraría mucho tener ese recuerdo. Enseguida se prestó a la foto, habló con el muchacho (el apellido era Clarell) y le dio su bendición. En el coche, y rezando el Rosario, recorrimos el Monte de los Olivos. Pasamos por el Hotel donde nos alojábamos y de allí nos dirigimos al American Colony, donde almorzamos con todos los Numerarios del Opus Dei que vivían en Jerusalem. Por la tarde fuimos al Huerto de los Olivos e hicimos media hora de oración en la Basílica de la Agonía, ante la piedra por la que don Álvaro, después de besarla, quiso pasar su cruz y su rosario. De allí salimos para el Centro de las mujeres del Opus Dei y don Álvaro estuvo un rato de tertulia con sus hijas. Camino de la sede del Centro, don Alberto enseñó a don Álvaro una tumba del tiempo de Jesucristo muy restaurada y que da una idea de cómo sería el sepulcro de Jesús. Después de estar un rato con sus hijas, fuimos al Centro de los hombres, donde el Siervo de Dios quiso estar otro rato con sus hijos, que le contaron anécdotas de su trabajo en Tierra Santa. Don Alberto nos llevó al Hotel. Allí, en la habitación de don Álvaro, siguiendo los textos que había escrito el Fundador del Opus Dei, precisamente para leerlos en la vigilia de San José, pedimos al Señor, por la intercesión de San José, por todas las personas que podría el Señor llamar a su Obra ese año. Don Álvaro nos comentó que se unía a todas las oraciones que se estuvieran haciendo ese día en todo el mundo, pidiendo al Señor vocaciones fieles para servir a la Iglesia.
El sábado 19 de marzo, solemnidad de San José, patrono del Opus Dei, fuimos con don Álvaro por la mañana a Belén. Ya en el coche comenzamos nuestra oración leyendo los textos evangélicos sobre el Nacimiento del Señor. Llegamos al “Campo de los pastores”, donde continuamos nuestra oración y, cuando terminamos, visitamos las grutas y salimos para la Basílica de la Natividad, donde don Álvaro concelebró e uno de los altares de la gruta e hizo la homilía. Había mucha gente en aquel estrecho lugar. Entre los asistentes estaban Aníbal y Laura y otros fieles de la Prelatura, como el Sr. Puhl, español, que tiene un hijo también de la Obra. Después de la Misa don Álvaro se arrodilló para besar la estrella que señala el lugar del Nacimiento de Jesucristo. Volvimos a Jerusalem, pasando por el Muro de las lamentaciones. Por la tarde, a las 4, volvió don Álvaro a Belén, para tener en el “Hotel Paradise” una tertulia con un centenar de personas muy variadas (palestinos católicos, algunos hebreos y ortodoxos, seminaristas alemanes que estaban visitando los Santos Lugares con un sacerdote del Opus Dei, diplomáticos, etc.). A las 6 de la tarde, en Jerusalem, el Siervo de Dios visitó al Patriarca Sabbah. Después fue a estar otro rato con sus hijas, llevándoles de regalo una caja de bombones. Cenó con sus hijos, para celebrar la fiesta de San José. A la vuelta al Hotel, don Álvaro estaba cansado y con algunas dificultades respiratorias. Lo examinó el Dr. Araquistain.

www.opusdei.org

sábado, 11 de febrero de 2012

Dominus flevit



"Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.»" (Lucas 19,41-44).
El recuerdo del Dominus Flevit a mitad altura, en las faldas del monte de los olivos, aparece por primera vez entre los siglos XIII-XIV. Se puede considerar como algo que sigue aquella tradición antigua. Había una piedra en el centro de un campo como señal de que en el siglo XVI vio surgir allí una mezquita denominada El Mansuryeh, restaurada recientemente y situada al norte de la propiedad franciscana.

“¡Ciudad de Dios, qué dulce es contemplar tu belleza desde el Monte de los Olivos!” Así escribía el patriarca de Jerusalén, Sofronio, (634-38) en sus famosas Odas sobre los Lugares Santos. Las palabras de Jesús sobre el final de Jerusalén y del mundo (Mt 24; Mc 13; Lc 21) eran consideradas por la Iglesia antigua como misterios de salvación revelados a los Apóstoles y a los más íntimos entre sus amigos; en cuanto a misterios, tenían su celebración litúrgica, al principio en una gruta situada en la parte alta del monte y después en la basílica construida por Constantino, según nos cuenta Eusebio de Cesarea a principios del s. IV. La celebración tenía lugar el martes de la Semana Santa. Lo contaba la peregrina Egeria, en el siglo IV: “todos en aquella hora de la media noche van a la iglesia que se encuentra en el monte del Eleona (de los Olivos). Llegados a aquella iglesia, el obispo entra en aquella gruta en la cual Cristo solían instruir a sus discípulos, toma el libro de los Evangelios y permaneciendo en pie, el mismo obispo lee las palabras del Señor…”.