
Como fruto de su peregrinación, el peregrino llevaba a su país reliquias o cualquier recuerdo del Santo Sepulcro. A veces, era tanta la pasión y el deseo de tener ese recuerdo, que, si no podía conseguirlo por medios pacíficos, intentaba arrancar con otros medios cualquier fragmento de piedra o de otro material para llevárselo consigo. Al menos el peregrino se lleva los objetos religiosos comprados (cruces, rosarios, etc.) que haya «tocado el Santo Sepulcro», pues el mismo contacto con el Lugar Sagrado «impregnaba» el objeto de la virtud del Lugar. ¡Era tanta la atracción de ese Lugar Santo!
Algunos deseaban más: ¡Quedarse para siempre a vivir en Jerusalén, al servicio de los Santos Lugares! Lo habían hecho los cristianos en tiempos de los bizantinos y de los cruzados, cuando Jerusalén era una ciudad cristiana. Más difícil era hacerlo en una Jerusalén islamizada, pero muchos lo intentaron. Fue el caso de san Ignacio de Loyola, aunque no lo logró. Su ejemplo ha sido seguido con mayor éxito por tantos otros que sí han conseguido ese deseo de vivir junto al Sepulcro Glorioso de nuestro Salvador. Porque el cristiano, como el antiguo peregrino israelita, encuentra la felicidad junto a Dios, en su Templo Santo, y puede decir, con el salmista: «Una cosa he pedido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida, para gustar la dulzura del Señor y cuidar de su Templo» (Sal 26,4).
http://www.franciscanos.org/
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