Se acerca la cuaresma, los 40 días de preparación para la Pasión de Jesucristo. Habitualmente me he fijado durante la este tiempo litúrgico en los evangelios de los domingos, que son especiales, o en los lugares Santos que contemplaron la Pasíón del Señor. En cambio, este año, voy a fijar la atención en lo que sucedió el Jueves Santo: la celebración de la Última Cena y la institución de la Eucaristía. Un sacerdote amigo me recordó que en el blog no había hablado todavía de la Pascua judía y de la celebración de la Pascua en la que fue la Última Cena. En las dos últimas entradas al final de cuaresma me centraré en la Pasión del Señor.
El Antiguo Testamento recoge cómo diariamente se ofrecían sacrificios a Dios por el Sumo Sacerdote: los ofrecía por sí mismo y por el pueblo. Pero, además, a lo largo del año había unos tiempos sagrados y fiestas en los que se ofrecían sacrificios especiales, y que se vivían con especial intensidad por el pueblo. Había tres fiestas que eran las mayores del año y que se preparaban cuidadosamente: la de la Pascua, la de Pentecostés y la de los Tabernáculos. Siempre estas fiestas ayudaban al pueblo a recordar la providencia de Dios y les movían para agradecer de manera especial todo lo que les había dado.
Como hemos anunciado nos vamos a detener en la fiesta de la Pascua. Era una fiesta de pastores en la que ofrecían las primicias de sus rebaños. Se instituyó para conmemorar con la cena del cordero la liberación de la esclavitud egipcia y la sangre rociada en las casas de los judíos que liberó de la muerte a sus primogénitos. Cada jefe de familia debía matar un cordero —como hicieron sus antepasados en Egipto— y comerlo con verduras amargas, en compañía de su familia. La fiesta duraba siete días, durante los cuales sólo estaba permitido pan ácimo. No debía haber en las casas pan fermentado, para recordar así la salida apresurada de Egipto e inculcar la santidad de vida y pureza de corazón. Se ofrecía el sacrificio y luego se celebraba la cena de Pascua con muchos ritos y gran solemnidad. Pascua significa en hebreo “el paso”. En latín significa, en cambio, “los pastos”. Se Cruzan estos dos significados dando un sentido aun mayor a la Pascua: “el paso del buen Pastor”.
Como hemos anunciado nos vamos a detener en la fiesta de la Pascua. Era una fiesta de pastores en la que ofrecían las primicias de sus rebaños. Se instituyó para conmemorar con la cena del cordero la liberación de la esclavitud egipcia y la sangre rociada en las casas de los judíos que liberó de la muerte a sus primogénitos. Cada jefe de familia debía matar un cordero —como hicieron sus antepasados en Egipto— y comerlo con verduras amargas, en compañía de su familia. La fiesta duraba siete días, durante los cuales sólo estaba permitido pan ácimo. No debía haber en las casas pan fermentado, para recordar así la salida apresurada de Egipto e inculcar la santidad de vida y pureza de corazón. Se ofrecía el sacrificio y luego se celebraba la cena de Pascua con muchos ritos y gran solemnidad. Pascua significa en hebreo “el paso”. En latín significa, en cambio, “los pastos”. Se Cruzan estos dos significados dando un sentido aun mayor a la Pascua: “el paso del buen Pastor”.

La destrucción de la víctima significaba que Dios aceptaba ese sacrificio. Por eso el fuego del altar era santo, porque procedía de Dios. Los sacrificios eran agradables a Dios porque expresaban el alejamiento del pecado, la entrega a Dios, pero sobre todo eran figura del sacrificio único, verdadero e infinitamente grato de Jesucristo a Dios Padre en la Misa. Este sacrificio además de ser el más agradable a Dios tiene un valor infinito, y es un sacrificio perfecto y para siempre. “En el Santo sacrificio de la Misa tenemos un sacrificio perpetuo. Este solo sacrificio es suma y recapitulación del las virtudes de todos los sacrificios: es la más sublime alabanza, perfectísima acción de gracias, ferventísima súplica y eficacísima reconciliación. En el rito de este sacrificio se pone también de manifiesto la semejanza de los sacrificios de la Antigua Alianza con el de la Nueva, y la superioridad de éste sobre aquellos” . (Schuster, Ignacio – Holzmmer, Juan B. "Historia bíblica", tomo primero (Antiguo Testamento), Editorial Litúrgica Española, Barcelona, p. 281).
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