sábado, 10 de febrero de 2018

Cristo llora al ver la ciudad de Jerusalén

Narran los Evangelios que en el Domingo de Ramos, durante el cortejo de su entrada triunfal en Jerusalén, cuando pasaba en las proximidades del Huerto de los Olivos, Jesús se detuvo por un momento. Tenía él delante de sí el bello panorama, en el cual se destacaba el majestuoso Templo, cuyos portales habían sido cruzados a lo largo de los siglos por tantas generaciones de fieles, y sobre todo Profetas, Reyes y grandes personajes bíblicos. Allí, de tantos modos, se manifestara el propio Dios.

En medio al silencio de la multitud, el Divino Maestro se detuvo para considerar aquel escenario, recordando las disposiciones de sus habitantes a lo largo de tres años de predicaciones. ¡Entonces, lloró!

Consideraba el empeño con que invitara al pueblo de Israel para trillar la vía de una profunda conversión, y el rechazo con que este llamado fue respondido. Rechazo que se consumaría con su condenación y crucifixión.

"Oh, si tú al menos en ese día que te es dado, conocieseis lo que puede traerte la paz. Pero no, eso está oculto a tus ojos. Vendrán sobre ti días en que tus enemigos te cercarán de trincheras, te sitiarán y te apretarán por todos lados" - exclamó Jesús (Lc, 19, 40)

"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas los profetas y apedreas aquellos que te son enviados! ¡Cuántas veces yo quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos debajo de sus alas... y tú no quisiste!" (Mt. 23, 37).

Dos mil años transcurrieron desde que esas lágrimas brotaron del rostro de Jesús. A lo largo de los años y de los siglos, la Iglesia viene recordando tal episodio en sus lecturas litúrgicas, sobre todo en la Semana Santa. Además, lo recuerda también un simple monumento, esto es, una Capilla edificada en el lugar donde se dio el llanto.

El pequeño templo, concebido con el formato que evoca una gota de lágrima, fue edificado en 1950 sobre las ruinas de un pequeño oratorio de los primeros siglos de la era Cristiana, del cual se conservan algunos trazos.

La Capilla es designada en latín con el título Dominus Flevit, que significa El Señor Lloró.

Una amplia ventana permite al sacerdote Celebrante, así como a los fieles, contemplar a lo lejos la ciudad Santa de Jerusalén, en la misma perspectiva que lo hizo el Divino Maestro hace dos mil años.

La posición de su altar - junto a una amplia y artística ventana semicircular - permite que el Celebrante, como también el público, tenga delante de sí el mismo escenario de Jerusalén, contemplado antes por el propio Cristo.

El altar de mármol ostenta un bello mosaico con la artística figura de una gallina protegiendo a sus pollitos debajo de las alas abiertas. Esa ave, tan común en los menús domésticos de los pueblos, fue elevada por Nuestro Señor en sus predicaciones, que la comparó a la protección de los padres a sus hijos. Por eso, en la decoración de un altar simboliza al propio Salvador, en su amor por la humanidad.

En una de sus homilías sobre el Domingo de Ramos, comenta Monseñor João Clá, que "la realeza de Jesucristo proclamada en su solemne entrada en Jerusalén, se tornaría pretexto de su condenación. ¿Por qué? Por el odio de los que no quieren aceptar la invitación para un cambio de vida. Jesús venía predicando una nueva perspectiva del Reino de Dios, bien diferente de aquella que ellos tanto deseaban, y por eso fue rechazado. Vemos que si la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén precedía las humillaciones de su Pasión, esta, a su vez, prenunciaba la verdadera glorificación de Jesús, conforme sus propias palabras a los discípulos de Emaús, después de la Resurrección: "¿Por ventura no era necesario que Cristo sufriese para que así entrase en la gloria? (Lc 24, 26).

En el altar de la Capilla un mosaico evoca el deseo del Divino Maestro de acoger bajo su protección al pueblo de Israel, como la gallina acoge y protege sus pollitos.

P. Colombo Nunes Pires, EP.

sábado, 3 de febrero de 2018

Encuentran sellos con nombres de reyes bíblicos

Nuevos hallazgos muestran la presencia de nobleza de procedencia israelita en la capital del reino de Judá cien años después de la caída de Samaria. El sello se encuentra muy bien conservado, a pesar de tener más de 2.500 años de antigüedad

La Autoridad de Antigüedades de Israel ha anunciado el hallazgo de piezas y sellos de arcilla de hace más de 2.500 años en Jerusalén. Estos sellos llevan nombres vinculados a los reyes de Israel que aparecen descrito en la Biblia. 

Los sellos de arcilla se utilizaban en Jerusalén, la capital del Reino de Judá, para las cartas y documentos que se enviaban. En el sello figuraba la marca o el nombre del remitente, aportando una valiosa información a los arqueólogos e historiadores sobre la vida y las costumbres en las ciudades de este período. 

Estos sellos se hallaron en las excavaciones que se están realizando en la localización donde se hallaron muros y objetos con restos de la destrucción que se produjo en Jerusalén por la invasión babilónica, en el 586 a.C. 

Entre las docenas de elementos se encuentra el singular hallazgo de un sello intacto, con el nombre de “Ahiav ben (hijo de) Menahem”, nombres que en la Biblia apuntan a dos reyes de Israel, reino que cayó en el 722 a.C. a manos de Asiria. Por eso, es llamativo que el sello se ha encontrado en la que entonces era la capital del Reino de Judá, Jerusalén.

Según el codirector Ortal Chalaf, estos nombres israelitas y otras conclusiones apuntan a la posibilidad de que después de la destrucción de Israel a manos de Asiria, algunos refugiados huyeron del Reino de Israel para el Reino de Judá, y se establecieron en Jerusalén. 

Después de asentarse, “el uso de sus nombres en la correspondencia oficial muestra que estos israelitas ganaron importantes papeles en el gobierno de Judá”, considera Joe Uziel, director de la excavación. En el caso de Menahem, este nombre se encuentra en el 2º libro Reyes 15. En cuanto a Ahiav, es similar al nombre de “Ahab” o “Acab”, otro de los famosos reyes de Israel. Uziel considera que el uso de este nombre al parecer era bastante común tanto en Israel como en Judá, y así se refleja además en otras citas de Jeremías y también en fuentes extrabíblicas, como Flavio Josefo.

sábado, 27 de enero de 2018

Cesarea marítima

Herodes el Grande convirtió Cesarea marítima en un puerto esplendoroso. Era la capital romana de Judea en la época de Cristo y de Pablo. Estaba situada en la costa del mar Mediterraneo, a 51 Km. al norte de Jope, y a unos 96 Km. al noroeste de Jerusalén. 

Herodes el Grande comenzó a edificar la ciudad en el año 25 a.C., y la terminó el año 13 a.C., él la llamó Cesarea, en honor de Augusto César, y la hizo capital romana de Judea. En poco tiempo se convirtió en un puerto marítimo de importancia, en un gran centro comercial y en una de las ciudades más atractivas de la época.

Estaba tan bien edificada y planificada que era conocida como “la pequeña Roma”. Felipe, el evangelista, vivió en ella. También Cornelio, el centurión romano, y Pablo estuvo prisionero allí dos años, durante los cuales compareció ante Félix, Festo y el rey Agripa.

La ciudad permaneció a merced de muchos pueblos, hasta el año 1.256 d.C., cuando el sultán Bibars de Egipto la conquistó y destruyó sus muros. Los hallazgos más importantes hasta ahora por parte del Departamento de Antigüedades del Gobierno de Israel, incluyen un castillo de los cruzados, el teatro, el anfiteatro, el hipódromo y el piso de una sinagoga judía, donde, posiblemente, Cornelio asistía a servicios religiosos, y la que Felipe, Pedro y Pablo visitaron.

En el teatro se encontró una piedra que tenía inscritos los nombres de Pilato y Tiberio. Fue la primera vez que se encontró el nombre de Pilato en una inscripción de piedra. También se desenterró un templo de gran tamaño dedicado al César de Roma, que contenía una gran estatua del emperador.

En 1.960, la expedición Link a Israel exploró el plano del gran puerto construido por Herodes el Grande y las exploraciones submarinas realizadas contribuyeron a confirmar la descripción de Josefo del enorme y grandioso puerto de Cesarea. Hoy día esta ciudad recibe el nombre de Caiseri.

En el libro de Hechos se nombra esta ciudad, en el episodio de Felipe y el etíope: “Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino. Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea". (Hechos 8:38-40)

La ciudad de Cesarea también es testigo de la visión de Cornelio, el centurión romano: “Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre”. (Hechos 10:1)

Resultado de imagen de cesarea maritimaEl apóstol Lucas nombra esta ciudad cuando Pablo es enviado a Felix, el gobernador: “Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea; y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador”. (Hechos 23:23-25)

Y cuando Pablo apela a César: “Llegado, pues, Festo a la provincia, subió de Cesarea a Jerusalén tres días después. Y los principales sacerdotes y los más influyentes de los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaron, pidiendo contra él, como gracia, que le hiciese traer a Jerusalén; preparando ellos una celada para matarle en el camino. Pero Festo respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea, adonde él mismo partiría en breve. ”. (Hechos 25:1-3)

sábado, 20 de enero de 2018

Hallazgo de la conquista de Canaan

La estatua -de un faraón- fue destruida en el mismo tiempo y lugar de la destrucción de la ciudad de Jasor por las tropas judías según Josué 11:10-11.

Los arqueólogos han determinado que una estatua de 4.300 años de amtigüedad, de un faraón egipcio, apoya la autenticidad de uno de los pasajes del relato bíblico de la conquista de Canaán. La escultura -hallada en Jasor, al norte de Israel y reconstruida en 1995- sería una evidencia de la batalla del pueblo judío contra Jabín, rey de Canaán. 

Dimitri Laboury, de la Fundación Nacional de Investigación Científica de Bélgica, señala la ubicación del hallazgo arqueológico como el lugar donde se llevaron a cabo los hechos descritos en el pasaje del libro de Josué en el capítulo 11, versículos 10 y 11, donde se describe la destrucción de la ciudad de Jasor a manos de las tropas israelíes lideradas por el propio Josué. El egiptólogo indica que no sólo coincide el lugar, sino que además la estatua fue destruida hace unos 3.300 años, aproximadamente en el mismo periodo de tiempo en que habrían ocurrido los mencionados sucesos bíblicos relatados en el libro de Josué.

“Las grietas indican que la nariz se había roto y que la cabeza se separó del resto de la escultura antes de ser destrozada”, indicó Laboury, coautor de este reciente estudio arqueológico sobre la cabeza encontrada de un faraón egipcio sin identificar. “Curiosamente, ninguna otra parte de la estatua original fue recuperada en el sitio”, agregó, según reporta Live Science. 

Los restos fueron encontrados en el mismo complejo arqueológico donde fueron halladas otras estatuas egipcias, incluyendo una encontrada en 2013 que tenía las garras de una esfinge.

sábado, 13 de enero de 2018

El secreto mejor guardado de Oriente Medio

Es un secreto bien guardado en sociedades como el Líbano, donde un gran número de cristianos y musulmanes viven cara a cara, trabajando juntos, socializando juntos, a veces incluso casándose entre sí. En estas sociedades a menudo hay más conversiones de una fe a la otra de las que nadie está dispuesto a admitir públicamente.

Para los musulmanes que adoptan el cristianismo, es una propuesta especialmente delicada, ya que corren el riesgo de ser declarados apóstatas y sufrir represalias, a veces de grupos extremistas, a menudo de sus propias familias, donde pueden ser rechazados, desheredados e incluso atacados físicamente.

Esta dura realidad, sin embargo, no significa que no se sucedan las conversiones, y algunas veces en cantidades sorprendentemente altas.

Un católico libanés, por ejemplo, me dijo esta semana que un amigo sacerdote ha estado predicando en el centro del país durante seis años, y durante ese lapso de tiempo ha tenido más de 300 conversiones del Islam al cristianismo.

Muchos católicos libaneses tienen historias que contar sobre las conversiones que han presenciado personalmente o en las que desempeñaron un papel. Sin embargo, pocas historias reúnen tanto impacto como la que me contó un CEO al que conocimos mi colega Inés San Martín y yo la semana pasada.

(El CEO pidió que no se usara su nombre, no porque temiera las consecuencias contra él mismo, sino porque no quiere poner a su familia y a su negocio en peligro).

Sucedió durante la guerra de 2006 entre Israel y Hezbollah, el movimiento militar de la Shi’ite en el Líbano. Este CEO dirigía una ONG que se encargaba de desplazar a las personas localizadas en una región del país, donde los bombardeos de Israel eran habituales.

El CEO es un católico ferviente, miembro del Opus Dei (es un supernumerario, que está casado y tiene hijos), que asiste a misa diariamente. Durante la guerra, él continuó saliendo de los búnkeres de la ciudad en la que se encontraba para dirigirse a la iglesia local cada mañana, a pesar del riesgo de las bombas al que se exponía.

Una mañana, de camino a misa, se le acercó un musulmán que había conocido a través de la ONG y le preguntó si podía unirse a él. El nombre de aquel hombre era “Jihad” (en realidad es un nombre masculino muy común entre los musulmanes, a pesar de su asociación en Occidente con la violencia terrorista).

Jihad tenía una discapacidad, siguió contando, ya que perdió un brazo a los 14 años en un accidente en una carpintería. El CEO lo desalentó de ir a Misa, convenciéndolo de que no era seguro, no sólo por el peligro de ser herido en el bombardeo, sino porque los vecinos musulmanes de Jihad podrían enojarse, o incluso culpar al CEO y a la organización de “proselitista de musulmanes”.

Jihad aceptó no ir a Misa, relató el CEO, pero se notaba que no estaba contento. A mediados de agosto de ese año, Jihad regresó y le dijo que había escuchado que al día siguiente había una gran fiesta dedicada a la Virgen María (se refería a la fiesta de la Asunción). Tenía un amor especial por María, explicó, y realmente quería ir a Misa.

El CEO me contó que Jihad parecía determinado, casi desesperado, por lo que aceptó que le acompañara.

Luego, encontró a Jihad de pie ante una estatua de la Virgen en profunda oración. El CEO se arrodilló a su lado y cerrando los ojos oró. En ese momento escuchó un goteo a su lado... Miró y vio que Jihad lloraba lágrimas de alegría, que caían ruidosamente al suelo.

Más tarde, Jihad confesó que había estado esperando ese momento durante años. Cuando perdió su brazo, contó el CEO, Jihad fue tratado en un hospital con otros dos hombres, ambos cristianos. Un sacerdote venía a darles la Comunión acompañado de una monja. La primera vez que vino, administró el sacramento a los dos hombres y cuando comenzó a acercarse a Jihad, la monja se llevó al sacerdote.

El suceso en la Iglesia desencadenó una serie de conversaciones entre Jihad y el CEO sobre varios aspectos de la creencia y la práctica cristiana. El CEO le explicó la diferencia entre las interpretaciones islámicas y cristianas de la “yihad”: cómo Cristo desafió las expectativas de lo que significaba ser un “mesías”, describiéndolo no como un revolucionario político sino como un liberador espiritual.

“¿Cuál es el tipo más difícil de yihad?” le preguntó el CEO a su amigo. “¿Es salir y matar a mis enemigos, o matar el pecado que hay dentro de mí?”.

Durante todo ese proceso, Jihad le dijo al CEO que quería convertirse al cristianismo. El CEO habló con un sacerdote quien le instó a la cautela, entre otras cosas, porque le preocupaba que Jihad simplemente se sintiera agradecido por la ayuda de la ONG y estuviera proyectando esa gratitud al CEO y a su fe cristiana.

Jihad persistió y se le dijo que, eventualmente, se inscribiera en un curso de catequesis de dos años para prepararse para el Bautismo. El CEO le ofreció un pequeño consejo: “No te desanimes por los cursos que debas recibir, o incluso por el mal ejemplo de algunos de los cristianos que puedas conocer", dijo. “Recuerda ese momento con la Virgen y recuerda lo que hay en tu corazón”.

Finalmente llegó el día del Bautismo de Jihad. El CEO estaba allí, con su esposa e hijos, mientras que otro funcionario de la ONG actuó como el padrino de bautismo de Jihad. Ellos han seguido siendo amigos, y Jihad actualmente es un miembro activo de su parroquia local.

Por razones obvias, nadie está ansioso por transmitir este tipo de historias en un entorno en el que los malentendidos sobre las religiones pueden convertirse rápidamente en mortales.

Sin embargo, tales movimientos del corazón tienen lugar con sorprendente frecuencia. Tal vez lo que ilustran es la paradoja misionera: cuando el precio de la fe es más elevado, abunda más el hambre de recibirla.

Traducción de varios extractos del artículo de John L. Allen Jr. en Crux Middle East’s well-kept secret revealed when Jihad met the Virgin / El secreto mejor guardado de Oriente Medio se reveló cuando Jihad conoció a la Virgen (15 de octubre de 2017)

viernes, 5 de enero de 2018

Los Reyes Magos

Resultado de imagen de explanada de los pastores betsahurSeguimos en Belén de Judá, pero cambiamos de evangelista. En el nacimiento del Ungido por el Espíritu, la adoración de los pastores es completada por la adoración de los Magos. Dejamos, de momento a san Lucas, para seguir a san Mateo en un pasaje que cuenta lo que sucedió meses después: la visita de los Magos de Oriente a Jerusalén. El evangelio describe la llegada de losastrólogos paganos que han visto salir la estrella de la salvación y la han seguido. Dios les ha dirigido una palabra mediante una estrella insólita en medio de sus constelaciones habituales; y esta palabra les ha sobresaltado y les ha hecho aguzar el oído, mientras que Israel, acostumbrado a la palabra de Dios, ha cerrado sus oídos a las palabras de la revelación: no quiere que nada turbe el curso habitual de sus dinastías. Suele ocurrir algo parecido en algunos cristianos, cuando se siente molestos por el mensaje inesperado de un santo. San Agustín, testigo atento de la tradición de la Iglesia, explica sus razones de alcance universal afirmando que los Magos, primeros paganos en conocer al Redentor, merecieron significar la salvación de todas las gentes. Es también muy clarificador que el relato de san Mateo ponga a la Virgen en el centro de esta extraña visita. Si los pastores representan a los humildes del pueblo escogido, estos misteriosos personajes del Oriente son un signo de la universalidad de la Buena Nueva que nos trae el Salvador.
El relato de la adoración de los Magos es el más derásico [34] de los relatos evangélicos de la Infancia; es decir, el evangelista redacta una pieza catequética con una base histórica sobre la realeza de Jesús. Contiene dos escenas distintas con alusiones a textos del AT concatenadas en su desarrollo: la primera, gira en torno a la profecía de Miqueas (Mt 2,1b-9a); la segunda, lo hace en torno a una estrella que les conduce a la adoración del Niño (Mt 2,9b-12), momento cumbre de la narración. No hay ningún diálogo o conversación; es el evangelista quien cuenta lo acaecido de forma escueta [35].
El término griego «epifanía» significa manifestación. La presencia de los Magos en Belén es la primera revelación del Salvador recién nacido al mundo pagano. Toda la narración tiene como telón de fondo la profecía de Miqueas [36], que canta la grandeza de Belén, patria de David. Tiene una gran fuerza expresiva y una plasticidad que atrae la atención del lector. «La Jerusalén de la Epifanía no es sólo la Jerusalén de Herodes. Es, al mismo tiempo, la Jerusalén de los Profetas. Hay en ella testimonios de quienes, bajo el influjo del Espíritu Santo, preanunciaron desde hace siglos el misterio. Está el testimonio de Miqueas sobre el nacimiento del Rey mesiánico en Belén. Está sobre todo el testimonio de Isaías. Un testimonio verdaderamente singular de la Epifanía: "¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!. Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad de los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti" [37]» [38].
Imagen relacionadaSi en el capítulo primero de su Evangelio, san Mateo nos ha desvelado que Jesús es el Mesías esperado, hijo de David, hijo de Abrahán, engendrado en María por obra del Espíritu Santo, ahora enmarca histórica y cronológicamente el evento. Es decir, si antes nos ha contado el quien y elcómo, ahora va a relatar el dónde y el cuándo de Jesús de Nazaret.
En primer lugar afirma que Jesús nació en Belén de Judá [39]. «Nacido Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (Lc 2,1-2). «Los Magos de Oriente comenta el Papa entran en Jerusalén precisamente con esta noticia: ¡Llega tu Luz! ¿Dónde encontrar el lugar del nacimiento? Jerusalén es la ciudad de un Gran Rey. Él es más grande que Herodes, y este soberano temporal, que se sienta en el trono de Israel con el beneplácito de Roma, no puede ofuscar la promesa de un Rey mesiánico. Y la luz resplandece en las tinieblas» [40]. Herodes el Grande es un personaje bien documentado en la historiografía. Nació unos 70 años antes que Cristo. Era hijo de Antipatro, mayordomo de Juan Ircano II. En el año 41 a.C. fue nombrado tetrarca de Judea y en el año 40 a.C. rey de Judea, por un decreto del Senado Romano. Exterminó a los Asmoneos y recibió de Augusto la Traconítide y la Auranítide. Murió, según Flavio Josefo, en Jericó a finales de marzo o comienzos de abril del año 750 de la fundación de Roma (4 d.C.).
Los Magos (magoi) es una palabra de origen persa y de significación amplia. En Persia los magos eran los estudiosos de la doctrina ética y religiosa de Zoroastro. Posteriormente, se dedicaron al estudio de las estrellas, ya que para los babilonios los astros determinaban los sucesos presentes y futuros. Parece ser que con este término san Mateo se refiere a unos astrólogos de Oriente [41], que tenían un cierta relación con el mundo judío. Aunque, desde un punto de vista exgético no hay razón para afirmar que fueran reyes, ya Tertuliano sostiene que en su tiempo se les consideraba como tales [42]. Respecto al número de Magos tampoco hay dato alguno. La tradición se ha decantado por tres por simetría al número de dones ofrecidos, aunque también se han barajado las cifras de dos, cuatro y doce.
El título Rey de los judíos tiene, por una parte, resonancias nacionalistas así se designaba, por ejemplo, al mismo Herodes el Grande y por eso se verá ensegida en el relato los celos que despierta en él; y, por otra, es una expresión que encontramos a menudo en los Evangelios para nombrar a Cristo [43]. Así, los Magos reconocen desde el nacimiento del Mesías la prerrogativa que será el título de su muerte. La referencia a la estrella [44] que vieron en el Oriente condiciona el relato, pues fue el motivo por el que emprendieron tan largo viaje [45]. Los Magos terminan su primera intervención explicando los motivos de su viaje: «hemos venido a adorarle»; expresión que tiene un claro aspecto cultual, aunque «la asociación del acto con el título rey de los judíos, lleva al lector a pensar que el homenaje se rinde a la realeza y no en la adoración a la divinidad» [46].
La reacción no se hace esperar: «Al oír esto, el rey Herodes se turbó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías» (Mt 2,3-4). Es lógico que la frase de los Magos causase tal perturbación a Herodes y a los habitantes de Jerusalén. Son motivos de sobresalto políticos: Herodes pensaba que el recién nacido le podía arrebatar el trono y el pueblo temía la reacción del monarca, teniendo en cuenta sus precedentes. De todas formas llama la atención que el mismo Herodes identifique al rey de los judíos con el Mesías, aunque él se mueve siempre en el plano terreno y politico.
Se trata de la profecía de Miqueas que anuncia el nacimiento del Mesías en Belén. «En Belén de Judá, le dijeron, pues así está escrito por medio del Profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel"» (Mt 2,5-6). Ahora bien, san Mateo presenta este texto profético con cierta libertad [47], siguiendo las reglas de la lectura derásica [48], y contra su costumbre no es una «cita de cumplimiento» [49]. Todas estas variantes dan al texto mayor riqueza de contenido, del que se debe destacar tres cosas: primera, se reafirma la ascendencia davídica de Jesús, que ya sostiene en Mt 1; segunda, se insiste en el carácter regio de Cristo, al incluir la cita de 2 Sam; y, tercera, se señala que Jesús como Mesías es el encargado de apacentar a todo el pueblo, no sólo a unos pocos privilegiados.
«Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles: Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha» (Mt 2,7-9a). Por tanto, Herodes, al escuchar la información recibida sólo le falta saber cuándo, porque sabe por los Magos que ya ha nacido el rey de los judíos y por el Sanedrín que nacerá en Belén. Tiene, pues, la convicción de la fecha de nacimiento debe coincidir con el momento de la aparición de la estrella. Además finge unirse a la adoración de los Magos, aunque sus pretensiones, como se verá después, son otras: acabar con aquel niño que se presenta como rival de su trono. Los Magos, finalizan su estancia en Jerusalén poniéndose en camino a la cercana Belén.
Resultado de imagen de reyes magos en belen tierra santaSe inicia la segunda parte del relato con la reaparición de la estrella. «Los Magos han visto una estrella, una sola estrella y ésta se covierte en signo de discernimiento. Decidieron seguirla. El camino de los pastores fue corto. El de los Magos, largo. Los pastores marcharon directamente hacia la luz que les había envuelto en la noche de Belén. Los Magos tuvieron que indagar con esperanza siguiendo la estrella y dejándose guiar por su luz» [50]. «Y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño» (Mt 2,9b). En el umbral del NT se creía que, desde la profecía de Balaam [51], el nacimiento del Mesías tendría como señal divina la aparición de un estrella que guiase a los gentiles al rey supremo que nacería. Se ha comentado muchas veces que la estrella realiza una doble función: al principio actúa como signo del nacimiento del Rey de los judíos; y después ejercita la función de guía. Pero esto no es exactamente así. Los Magos son «guiados» a Belén por la información de los escribas del pueblo. Por eso, la estrella, a lo sumo «les acompaña». La luz del libro sagrado y la luz de la estrella conducen a Belén.
Los Magos siguen otro lógica a la común lógica humana. Siguen la luz del Misterio divino, la luz del Espíritu Santo. Participan de esa luz mediante la fe. Y tienen la certeza de encontrarse cara a cara con Aquél que ha de venir. Lo Magos de Oriente se encuentran al comienzo de un gran itinerario, cuyo pasado se remonta al principio de la historia del Pueblo elegido de la Antigua Alianza y cuyo futuro alcanza a todos los pueblos de la tierra.
A la luz de esta gozosa epifanía, Dios se revela en Jerusalén a todos los pueblos. «Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). «Con solo ver la estrella comenta san Basilio los Magos experimentaron una inmensa alegría. Acojamos también nosotros en nuestro corazón esa alegría (...). Adoremos al Niño junto a los Magos (...). Dios el Señor es nuestra luz: no en la forma de Dios, para no aterrar nuestra debilidad, sino en la forma de siervo, para llevar la libertad a quien yacía en la esclavitud. ¿Quién tiene el ánimo tan insensible, tan ingrato que no sienta la alegría de expresar con dones la propia exultación? Las estrellas se asoman al cielo, los Magos dejan su país, la tierra se recoge en una gruta. Que no haya nadie que no lleve algo, nadie que no sea agradecido» [52].
Es muy posible que María y José, tras el nacimiento del Niño en el establo de Belén y una vez que se marcharon los que ya se empadronaron, se trasladasen a una casa del pueblo. «Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrados le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, habiendo recibido en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino» (Mt 2,11-12). El centro de este relato, lo ocupa desde luego el niño con María, su madre [53]. También se aprecia en esta escena un ambiente «regio», tanto por la actitud de los Magos, como por los dones ofrecidos. En efecto, «postrados, le adoraron», supone una veneración, un acto de sumisión y de reconocimiento de la autoridad del niño; y en el AT las ofrendas de oro, incienso y mirra [54], guardan cierta relación con el Rey-Mesías.
En suma, «los Magos, representantes de los pueblos paganos, sirven de ejemplo para nuestra búsqueda de Dios; en efecto, ellos perciben su silenciosa presencia en los signos de la creación. Para hallar la Verdad, que sólo habían entrevisto, emprenden un viaje lleno de incógnitas y de riesgos; su itinerario se concluye con un descubrimiento y un acto de profunda adoración hacia el Niño Jesús, que ellos ven junto a su Madre: le ofrecen sus tesoros, recibiendo a cambio el don inestimable de la fe y el gozo cristiano» [55].

[34] Cfr nota 6 del Cap. I.
[35] Seguiré de cerca en el comentario a este pasaja a J.L. Bastero, María, Madre del Redentor, Eunsa, Pamplona 1995, pp. 121-130.
[36] Mich 5,1-2.
[37] Is 60,1-2.
[38] Juan Pablo II, Homilía de Epifanía, 6-I-1984.
[39] Hay otra Belén de Zabulón, situada a unos 11 km al NO de Nazaret. Belén de Judá se encuentra a solo 9 km al sur de Jerusalén. Era entonces una pequeña aldea rural, poco importante en el mundo judío.
[40] R.E. Brown, El nacimiento del Mesías, Madrid 1982, p. 174.
[41] La expresión «de Oriente» (apo anatolon) no indica un lugar exacto, sino tan sólo el Levante, en oposición al Poniente. La misma expresión se usa en Num 23,7, en la versión de los LXX de la profecía de Balaam.
[42] Cfr Tertuliano, Adv. Marc., III,13. Parece ser que el título de rey procede de la influencia de algunos pasajes del AT en los que se dice que los reyes traerán sus ofrendas al futuro Mesías.
[43] Cfr Mt 27,11.29.37; Mc 15,2.9.12.18.26; Lc 23,3.37.38; Ioh 18,33.39; 19,3.19.
[44] Los datos precisos que encontramos en el relato evangélico sobre la estrella hacen pensar que se trata de un fenómeno físico concreto. Además el uso singular de la palabra aster indica una estrella determinada. Este hecho celeste no extrañó a los judíos, pues en el AT y en el judaísmo rabínico las estrellas, como testimonios divinos, anunciaban hechos en los que Dios intervenía de modo extraordinario (cfr Gen 37,9; Is 40,26, Ps 148,3), como ocurre con el nacimiento del Mesías.
[45] Herodes se informa del momento de su aparición (Mt 2,7), se alegran los Magos cuando reaparece (Mt 2,10) y es la estrella al detenerse la que les indica dónde está el niño (Mt 2,9).
[46] El verbo proskynein usado tres veces por san Mateo en este pasaje, significa «rendir homenaje» y comporta siempre una actitud de reverencia y acatamiento ante la divinidad.
[47] Porque combina Mich 5,1 con 2 Sam 5,2. Esta combinación de ambos textos es original del hagiógrafo y no tiene precedentes, ni en los LXX, ni en le texto masorético. Además la adición de 2 Sam 5,2 es una ténica deráshica de una actualización por sustitución; es decir, la promesa hecha a David por Yahwéh («Tú apacentarás a mi pueblo Israel»), ahora se aplica al Mesías, hijo de David. Esto es muy frecuente en el Targum. Cfr S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la Infancia, vol. III, Madrid 1990, p. 254.
[48] Debido a que san Mateo convierte la frase afirmativa de Mich 5,1 («Tú Belén de Efratá aunque eres la menor...») en negativa («Tú Belén, tirra de Judá, no eres la menor...». Así expresa la grandeza de esta pequeña aldea, cuna de David y del Mesías. Cfr A. Macho, La historicidad de los evangelios de la Infancia, Madrid 1977, pp. 21-22.
[49] Llama la atención que no lo haga como en otras ocasiones, usando una expresión parecida a esta: «para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta» (cfr Mt 1,22; 2,15; 2,17; 2,23). Sin embargo, esto es lógico porque la cita está puesta en boca de los sacerdotes y de los escribas del pueblo y así confirma a sus lectores que se ha realizado el evento que anuncia el AT.
[50] Juan Pablo II, Homilía, 6-I-1983.
[51] Num 22-24; cfr J.M. Casciaro-J.M. Monforte, Jesucrisro, Salvador de la Humanidad. Panorama bíblico de la salvación, Eunsa, 2ª ed., Pamplona 1997, pp. 55-56.
[52] San Basilio, Homilía VI, PG, 31,1471ss.
[53] Parece que éste es el motivo principal de Mt 2, pues se repite cuatro veces más (cfr Mt 2,13.14.20.21).
[54] El Salmista (Ps 72,15) afirma que el futuro Rey-Mesías «se le dará el oro de Sabá mientras viva». La mirra, en cambio, es usada en el AT como uno de los ingredientes del óleo con que son ungidos los sacerdotes y los reyes; y esta unción les confiere un carácter «sagrado» (cfr Ex 30,23; 1 Sam 24,7). También se dice en el Ps 45,9 que la mirra es también uno de los elementos con que se ungirá al Rey-Mesías. Según una profecía de Isaías (Is 60,6): oro e inciendo son las ofrendas que los habitantes de Sabá entregarán en Jerusalén en la época mesiánica.
[55] ANG, 6-I-1986.

sábado, 30 de diciembre de 2017

La Madre de Dios

Η Παναγία Ιεροσολυμίτισσα / Panagia Ierosolymitissa - Most Holy Lady of Jerusalem, very popular icon of the Theotokos because it overlooks the empty tomb of the Most Holy Theotokos at the Sepulcher of the Mother of God in GethsemaneLa contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la «Madre de Jesús» y se afirma que él es Dios [56]. Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros [57]. Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a María con el nombre de laTheotokos [58].

En el siglo IV, el término Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia. Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título «Madre de Dios» [59]. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Efeso. Cuando proclama a María «Madre de Dios», la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Con la definición de la maternidad divina de María los Padres conciliares querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo.

Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e interpretar correctamente ese título. La expresión Theotokos,que literalmente significa «la que ha engendrado a Dios», a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere sólo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Así pues al proclamar a María «Madre de Dios», la Iglesia desea afirmar que ella es la «Madre del Verbo encarnado, que es Dios». Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.

«La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino da la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús que es persona divina, es Madre de Dios (...) En la Theotokos la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque "si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (...) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección" [60]. Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión «Madre de Dios» nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación» [61]. En suma, Dios trata a María como persona libre y responsable, no lleva a cabo la Encarnación de su Hijo sino después de haber obtenido su consentimiento y, así, «en María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios con y por medio del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe» [62].

A partir del siglo V, poco después que el Concilio de Éfeso proclamara a María con el título deTheotokos, se comienza a atribuirla el título de Reina. Precisamente en la escena de la adoración de los Magos, san Mateo presenta a María a sus lectores judíos, implícta pero claramente, como la nueva gebiráh del reino mesiánico que Jesús va a instaurar con su venida al mundo. En efecto, si nos centramos en los aspectos marianos de este pasaje, advertimos dos características muy significativas. Por una parte, todo el pasaje de los Magos está centrado en el homenaje que se desea rendir al «Rey de los judíos»; un rey de la estirpe de David y profetizado como Rey-Mesías en el AT [63]. Y, por otra, la protagonista es María y el Niño, sabiendo que san Mateo tiene como protagonista de su Evangelio de la Infancia a san José. Aquí desaparece de la escena del relato, y no es razonable suponer que el santo Patriarca estuviera ausente en un momento tan importante y delicado.

Resultado de imagen de fotos más famosas de la Virgen en Belén, tierra santa«En la corte de Judá, la madre del rey ocupa un lugar honorífico y goza de ciertas prerrogativas. Se la llamará gebiráh [64], la que da origen al héroe (geber) que es el rey [65]. Betsabé será la primera "gran dama" en Israel. Sin que se pueda precisar exactamente su poder, está claro —si se compara la postración que hace ante David, su esposo [66], con la que recibe de Salomón, su hijo [67]—; que después de la muerte de David se transformaron por completo su relación con el poder real y su dignidad. A continuación, al comienzo de cada reinado en Judá, el autor del libro de los Reyes anotará con cuidado, al lado del nombre del rey, el nombre de su madre» [68]. Por esto, muchos estudiosos ven en estos dos detalles una intención teológica del hagiógrafo, que asocia a María en la función regia de su Hijo, como Madre del Rey [69].

[56] Cfr Ioh 20,28; cfr 5,18; 10,30.33. 
[57] Cfr Mt 1,22-23. 
[58] Concretamente con esta oración que se recoge en la Liturgia de las Horas: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita». En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenia por madre a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el uso del título Theotokos, «Madre de Dios», para la madre de Jesús. Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue creado por los cristianos para expresar una fe que no tenia nada que ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios. 
[59] En efecto al pretender considerar a María sólo cómo madre del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente la expresión «Madre de Cristo». Lo que indujo a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas —divina y humana— presentes en él. El concilio de Éfeso en el año 431 condenó sus tesis y al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.

[60] San Agustín, Tract. in Ev. loannis, 8, 6-7. 
[61] AUG, 27-XI-1996. 
[62] CEC, 723; cfr Lc 1,26-38; Rom 4,18-21; Gal 4,26-28. 
[63] San Andrés de Creta es unos de los Padres de la Iglesia que más se distingue en la proclamación de la realeza de María. A Ella aplica las palabras del Salmo 44: «Atu derecha está la Reina con vestido recamado de oro y con variedad de adornos»: cfr Andrés de Creta, Homilías marianas, Ciudad Nueva, Madrid 1995, pp. 19-21. 
[64] Cfr 1 Reg 15,13. 
[65] Cfr 2 Sam 23,1. 
[66] Cfr 1 Reg 1,15-16. 
[67] Cfr 1 Reg 2,19. 
[68] J.P. Michaud, María en los Evangelios, Verbo Divino, "Cuadernos Bíblios", nº 77, 2ª ed., Estella 1992, p. 26. 
[69] Un breve resumen de la realeza de María se encuentra en A. Orozco, Madre de Dios y Madre nuestra, Rialp, Madrid 1996, pp. 59-64.