sábado, 27 de diciembre de 2008

Nochebuena en Belén 2008 años después

El día de Navidad pude ir a Belén. Allí recé delante del lugar donde nació el Señor y del sitio que conmemora el lugar del pesebre. Había muchísima gente este año, y largas colas para entrar en la gruta. Finalmente lo conseguí y cumplí mi promesa de rezar por todos los que leen estas entradas del blog.
En la vigilia de Navidad, la nochebuena, el Patriarca celebró la Santa Misa, en la que dijo cosas muy bonitas, y sobre todo habló de la paz. A los dos días asistimos de nuevo a la guerra en esta Tierra. Hay que seguir rezando y pidiendo oraciones. Y esto es lo que hago en la entrada de esta semana -semana de Navidad-, pediros oraciones para que se acabe de una vez la guerra y venga la paz tan deseada a esta Tierra bendita.
En esta imagen vemos al Patriarca Fouad Twal rezando después de dejar al niño Jesús en el pesebre. He querido transcribir las preciosas palabras que dijo en la noche santa porque hablan mucho de la necesidad que tenemos de paz. Aunque he querido resumir las palabras de la homilía, no he podido conseguirlo. Es una homilía que vale la pena leer entera y meditarla.
Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos: En mi nombre y en el de los habitantes de Belén, saludo a nuestros huéspedes y a los peregrinos de Tierra Santa. Saludo al señor Presidente de la Autoridad Palestina y a la Delegación que lo acompaña. Os deseo a todos una feliz fiesta y un nuevo año de paz, estabilidad y seguridad. Las tinieblas cubrían el universo y todos los pueblos de la tierra eran esclavos del mal y del pecado, este país estaba doblegado bajo el yugo del Imperio romano, y el pueblo esperaba a un Salvador que restaurase la monarquía y le devolviese su libertad. En aquella noche, la voluntad de Dios entró en la historia humana por la Encarnación de Cristo Jesús, Hijo de Dios y de la Virgen María. Se cumplió el tiempo. La redención comenzó… Un decreto ha sido emitido por Cesar Augusto que manda censar a todos los habitantes del Imperio romano, cada uno en su país de origen. En la ciudad de Beit Sahour, los pastores velan sobre sus rebaños. La noche es tenebrosa y fría, sin luna. El universo no puede esperar más… cuando de improviso resplandece la luz y el coro de los Ángeles se aparece cantando: “Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres que Él ama” (Lc 2, 14) anunciándoles a la vez a los pastores: “Hoy os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 11). En esta noche, Cristo divide la historia en dos: desde ahora, hay un antes de Él y un después de Él. Lo que era imposible antes de Él llega a ser posible. Esta Noche bendita que ha cambiado el curso la historia, la celebramos hoy con el corazón lleno de alegría. Nosotros que hemos venido de diferentes países, de cerca y de lejos, como los pastores, esta Noche abrazamos el Niño de la Gruta para adorarlo y agradecerle por haber iluminado nuestra historia humana por su Encarnación.
¡Bienvenido sea este Niño Divino! ¡Bienvenido el mensaje de Navidad, la alegría de Navidad y a los regalos de Navidad que devuelven la sonrisa sobre las caras de los pequeños y de los adultos! Este nuevo Niño es el fruto del Amor del Padre Eterno por el género humano, Amor que quiere para nosotros más de lo que queremos nosotros para nosotros mismos: la paz, que hemos perdido y que nos hemos resignado de haber perdido; la mutua Caridad que ya no existe, al punto de haber desaparecido también de nuestro vocabulario; el respeto y la dignidad que a menudo han sido escarnecidas demasiado por los malos tratos, los insultos y la sangre. ¡Sí!, ¡Bienvenido sea este Niño que nos recuerda la infancia, la dulzura y la ternura, en un mundo que ama la dureza, que desprecia la debilidad y el miedo, y se place en el odio y la irreverencia!
En esta Noche, el silencio de la Gruta será más fuerte que el sonar de los cañones y de las ametralladoras. El silencio de la Gruta dará vida a aquellos cuyas las lágrimas han ahogado la voz y que se han amparado en el silencio y la impotencia. Sobre la Estrella que señala el lugar del Nacimiento de Jesús, a algunos metros de aquí, la historia ha escrito su palabra: “Aquí ha nacido Cristo”. ¡Sí!, Aquí en Belén Cristo ha nacido, Aquí los Ángeles han cantado: “¡Gloria a Dios en los Cielos!” y nos han anunciado: “¡Hoy os ha nacido un Salvador!” ¡Tal es la causa de nuestra gran alegría! Pues, como los pastores, nosotros venimos a visitar el lugar del Nacimiento. El Emmanuel está con nosotros… Él ha plantado su tienda entre nosotros… Y nosotros, le debemos donación, obediencia y adoración. El Nacimiento de Jesús ha suscitado una nueva vida para los Pastores y los Magos, a quienes Él ha abierto el corazón e iluminado la ruta y la conciencia: “Y aquí tenéis la señal que os es dada: encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2, 12). Visitando Belén y el pesebre y adorando al Niño, los pastores se han convertido en los prototipos de aquéllos que velan y esperan el regreso de su Señor. Con la conversión de los pastores ha empezado el proceso de la fe en Dios hecho carne; viniendo a adorar al Niño, Ellos han trazado también el camino de los peregrinos hacia este Lugar Santo. Dios ha hecho de Belén su casa y el lugar de su encuentro con los hombres. Belén, ciudad de la paz, del amor divino y de la reconciliación. Aquel que ha podido curar a los enfermos y resucitar a los muertos es también capaz de reunir a los pueblos en la paz y la seguridad. Aquel que ha enseñado el amor, la justicia y la igualdad, es capaz de hacer de la pobre Gruta una escuela de reconciliación, dónde los dirigentes y los responsables de los destinos de los pueblos son instruidos sobre el sentido del bien, de la justicia y de la estabilidad. La paz es un derecho para todos los hombres; también es la solución a todos los conflictos y a todas las disputas. La guerra no produce la paz, y las prisiones no garantizan la estabilidad. Los más altos muros no aseguran la seguridad. Ni el agresor ni el agredido gozan de paz. La paz es un don de Dios y sólo Dios dona esta paz: “Mi paz os doy” –nos dice Jesús- “y no al modo como el mundo que Yo os la doy” (Jn 14,27). ¡Ay Niño de Belén, larga es nuestra espera, y estamos cansados de nuestra situación, e incluso cansados de nosotros mismos! Buscamos de todo, menos a Ti, nos apegamos a todo, menos a Ti, Escuchamos todo menos Tu voz.... estamos aturdidos por los hermosos discursos y promesas. Las lágrimas de las viudas y de los niños se mezclan con el ruido de los cañones y las ametralladoras, nos parten el corazón y rompen el silencio de la Gruta y del Pesebre… ¡Tenemos tanta necesidad de calma, de silencio! Tenemos una gran necesidad de paz, es cierto, pero sobre todo necesitamos de infancia y de inocencia. ¡Tú, el Pobre, a pesar de tu pequeñez, debilidad y pobreza, eres el único capaz de darnos lo que nos falta! ¡Oh Niño de Belén, ven para que la fiesta sea más fiesta! ¡Bienvenido seas Tú!, que nos enseñas que el amor es un martirio continuo, y que el martirio del amor, de la paz y de la justicia no morirá jamás; ¡Bienvenido seas Tú! que nos recuerdas que la riqueza está en el don y en la reconciliación, que la grandeza reside en la humildad y la dulzura; ¡Bienvenido seas Tú! que nos recuerdas por tu Nacimiento y tu Muerte que el amor sólo construye, y que su fuerza es más potente que todo porque se hace comida para los hambrientos, vestido para los que están desnudos y mano tendida a todos los hombres que cura y reconcilia, lejos de las divisiones, de las cercados y del odio. En esta Noche bendita, lanzamos a las naciones, a los individuos y a las familias un llamamiento al perdón. Y que Dios, que perdona nuestros pecados, nos de el ánimo, la fuerza y el amor de perdonar a los que nos han ofendido. ¡La Paz sea sobre Belén y sobre todos los habitantes de Tierra Santa! ¡La Paz esté sobre todos los peregrinos y visitantes!¡La Paz esté sobre todos aquellos que buscan la paz!

sábado, 20 de diciembre de 2008

La historia de Belén

“En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. 3 Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento”. (Lc 2, 1-7)
Después del nacimiento del Señor, según narra el evangelio de san Lucas, los primeros en ir a adorarle fueron los pastores, por anuncio del ángel. Después –no sabemos cuando- los Reyes Magos -siguiendo la estrella- llegaron a Belén para adorar al Niño que acababa de nacer. No mucho tiempo después la Sagrada Familia -huyendo del rey Herodes- tuvo que abandonar Belén camino de Egipto.
Conozcamos la historia de lo que ha sucedido hasta el día de hoy en la gruta de Belén. El año 135, el emperador Adriano cubrió el lugar de la cueva con un templete y un bosque dedicado a Adonis, para intentar ahogar el crecimiento del cristianismo. Orígenes (185-253), en “Contra Celso”, 1, 51, dice:"Si alguien pide otro argumento para convencerse de que Jesús nació en Belén, según la profecía de Miqueas y los Evangelios, que sepa que todo esto es bien conocido en aquellos lugares, también por los que son extraños a la fe: esto es, que en aquella gruta vino al mundo el que es adorado y admirado por los cristianos". En el 330 Constantino la restituyó al culto cristiano, y bajo la inspiración de su madre, Santa Elena, construyó una grandiosa basílica. Desde el principio hubo personas que peregrinaban a Belén y no pocos se quedaban allí. La basílica Constantiniana pronto se vio rodeada de comunidades monásticas. Es el caso de S. Jerónimo, que se trasladó a Belén hacia el 380. Allí vivió hasta su muerte ocurrida el 30 de septiembre del 419. Durante la revuelta de los samaritanos entre 521 y 530, la Iglesia fue gravemente dañada. Inmediatamente el emperador Justiniano en 540, la rehizo y la rodeó de nuevas murallas. El año 600 los peregrinos la llamaron "locus splendidissimus ". Esa remodelación se ha mantenido básicamente hasta nuestros días con algunos añadidos postizos. En el 614 los persas invadieron Palestina y llegaron a Belén. Destruyeron otras Iglesias pero respetaron esta, al parecer, porque en lugar bien visible estaban representados los Magos con atuendo Persa, y probablemente reconocieron en esas imágenes a sus connacionales antepasados. En el 638 llegaron los musulmanes que también respetaron la Iglesia. Es más, el califa Omar entró a orar en el ábside meridional. Los árabes conservaron esta costumbre hasta el s X. En 1.009 los musulmanes de Al-Hakim dañaron la Iglesia. Los musulmanes locales impidieron que se cumpliera la orden de destrucción total dada por el califa fatimita Al-Hakim Ocupada en 1099 por los cristianos cruzados, fue reconstruida con un gran castillo de defensa. En 1.187 Saladino se apoderó de Belén, pero respetó el Santuario. El culto se restablece en 1.192 bajo pago de tributo. En 1.342 el Papa Clemente VI encarga a los Franciscanos la custodia y el culto de las iglesias de Tierra Santa. En 1479, fue rehecha toda la madera del techo, con otras maderas preparadas en Venecia, y transportadas desde allí en galeras de la Republica a Jafa. Los costes fueron sostenidos por el duque de Borgoña, Felipe el Bueno. El plomo para el techo fue donado por Eduardo IV de Inglaterra. Con el s. XVI entramos en el periodo de la luchas por la posesión del Santuario entre Franciscanos y Griegos, propiedad que pasa de unos a otros según el favor que gozaban ante la "Sublime Puerta" las naciones en las cuales se apoyaban las dos comunidades. Durante la guerra entre el Imperio Otomano y la Republica de Venecia, 1645-1669, los griegos reciben la autorización para apoderarse de la Gruta y de la Basílica. En 1757 los griegos vuelven a tomar la basílica. En 1831 los cristianos expulsaron a los musulmanes, cuyo barrio fue destruido después de una revuelta en 1834 por orden de Ibrahim Bajá. Desde aquel tiempo Belén comenzó a florecer con población casi enteramente cristiana. Pero, con motivo del establecimiento del nuevo Estado de Israel, de nuevo se han refugiado los musulmanes en ella, llegando ahora a superar la población musulmana a la cristiana. En 1847 los griegos roban la estrella de la Gruta de Belén. En 1858 se establece el "Statu quo" en la Basílica. En 1917 tiene lugar la ocupación aliada de Palestina. En 1948 Belén entra a formar parte de Jordania. Y en 1967 Belén pasa a ser zona ocupada por Israel.
El próximo 25, día de Navidad, si Dios quiere, iré a ese lugar tan especial, a la gruta de Belén donde nació el niño-Dios, y le pediré por todos los que han entrado en este blog y por sus familias.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Camino de Belén

Se acerca la Navidad. Momento muy especial en Tierra Santa, recordando la venida de nuestro Dios al mundo. Jesús va a nacer. Y, una semana antes –más o menos por los días del año en los que estamos- María y José se llevan el gran susto. Tienen que ir a empadronarse a Belén. A la Virgen le queda una semana para dar a luz, y no es el mejor momento para viajar. Hoy quería escribir una entrada acerca de aquel viaje en el que cruzaron de norte a sur el país, que nos ayude a acompañar con la imaginación en estos días a la Sagrada Familia camino de Belén.
Había por aquel entonces tres posibles caminos para ir desde Nazaret hasta Belén: el más directo era a través de los montes de Samaría; un segundo camino que se hacía dando un pequeño rodeo y bordeando el jordán; el tercero posible era recorriendo la costa del Mediterraneo. Empezaremos por este último camino de la costa. Era la llamada Via Maris, una calzada antigua que había sido remozada por los romanos para permitir que circulasen por ella personas y carromatos de carga. Se podía pasar por Cesarea Marítima, que ya visitamos hablando de San Pablo en una entrada reciente. Se pasaba por Joppe y Lida para llegar finalmente a Jerusalén. Este camino, aunque dispusiera de buenas condiciones para el viaje, no era casi utilizado por los judíos de Jerusalén, pues cruzaba por regiones pobladas casi totalmente por gentiles de cultura griega o romana. El último tramo iba por vaguadas y desfiladeros que podrían ser peligrosos, sobre todo por los bandidos al acecho de los peregrinos.
El camino a través de Samaría. Bajaba desde Nazaret hasta el valle del Esdrelón. Era la via más corta para llegar a Jerusalén. Se dejaba atrás el monte Tabor, y se enfilaba un camino de rango secundario en la red romana de comunicaciones, pero que era transitado desde hacía más de mil años por pastores y caravanas. El camino discurre a veces a través de desfiladeros. El viaje a pie por estos montes es duro. Hacia el centro de Samaría se llega a la aldea de Sicar, entre los montes Ebel y Garizim, junto a la antigua ciudad de Siquem. La comarca estaba muy paganizada, y los samaritanos eran enemigos acérrimos de los judíos, por lo que no facilitaban la hospitalidad, especialmente si eran peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Por ello tampoco era un camino muy frecuentado por judíos.
Parece que la mayor parte de los galileos que se desplazaban a la Ciudad Santa, seguían el camino que iba por el este, siguiendo el curso del río Jordán. Son unos 150 kilómetros que se realizaban andando o en asno. Resultaban viajes muy duros, sobre todo debido a la aridez del terreno por el que discurre el sendero. Se viajaba junto a los meandros que rodean el río Jordán, hasta cerca de su desembocadura en el mar Muerto. Seguirían probablemente la orilla izquierda, por la Transjordania, ya que ésta formaba parte –como Galilea- de la tetrarquía de Antipas, de manera que así se ahorrarían trámites administrativos. Casi 100 kilómetros de descenso por la depresión del Jordán, hasta llegar al precioso oasis de Jericó, que se encuentra a más de 300 metros bajo el nivel del mar. Ahí ya estaban a las puertas de Judea y cerca de la Ciudad Santa. En Jerusalén hay una calle que se llama Deer Betlehem, y que era la que habitualmente se recorría para llegar a Belén.
Ayuda recordar al recorrer estos caminos -ya sea desde el mar Muerto hasta Jerusalén, o desde Jerusalén hasta Belén- pensar que por allí pasaron la Virgen –con Jesús en su vientre- y San José camino de la ciudad donde nacería nuestro Señor.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Los cristianos de Gaza

Como sabéis por las noticias la situación en Gaza es alarmante. El otro día en el retiro del Patriarcado el sacerdote que atiende la parroquia católica de Gaza nos contaba por teléfono que en esos momentos estaban sin electricidad y pasándolo un poco mal. Este sacerdote es palestino y llevaba 8 años sin poder ir a ver a su familia que vive en Cisjordania. Finalmente tuvo un permiso de dos semanas para salir de la franja. Aprovechando esta ausencia el nuncio en Israel Arzobispo Antonio Franco decidió ir a celebrarles Misa en esas fechas. El problema fue que en el check point le retuvieron durante tres horas, a pesar de llevar el permiso concedido por las autoridades israelíes. Finalmente los cristianos de Gaza se quedaron sin Misa dominical pues el nuncio no pudo pasar. A la semana siguiente, tras las oportunas quejas a las autoridades israelíes volvió a intentar entrar en la franja. Esta vez pudo pasar y celebrar Misa en la Iglesia de la Sagrada Familia de Gaza. Los fieles estaban muy contentos y agradecidos por el detalle y el esfuerzo realizado por el nuncio para estar con ellos, celebrarles la Santa Misa y acompañarles con su cariño. Asimismo, Monseñor Franco habló en la homilía de la proximidad del Papa Benedicto XVI a los fieles de Gaza, con quienes está muy unido a través de la oración en estos momentos de prueba. Les prometió además que transmitiría al Santo Padre sus felicitaciones para la Navidad. Ahora los cristianos de Gaza esperan al Patriarca de Jerusalén que tiene intención de celebarles Misa unos días antes de Navidad. En la foto aparecen algunos de los niños cristianos de Gaza que asistieron a la Santa Misa.
Esta parroquia será próximamente encomendada a un sacerdote de la familia religiosa del Verbo encarnado. La misión de esta institución es ayudar a las diócesis en lo que puedan necesitar. Tengo un amigo que se llama Gabriel, y es un sacerdote de esta institución que vive al lado de Belén, en Beit Jalla e imparte clases en el Seminario. Es precioso el servicio que realizan en las iglesias particulares, escogiendo muchas veces los lugares más difíciles como Gaza para ayudar con su ministerio.
Escribir esta entrada me ha ayudado para rezar más por estos hermanos nuestros de Gaza que lo están pasando tan mal. Me gustaría pedir a todos los que lean estas líneas oraciones por ellos. Quizá nos podemos acordar más de rezar por ellos cuando acudamos a la Santa Misa.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Favor de la Virgen

Me ha llegado un testimonio sobre un favor concedido por la Virgen gracias a la gruta de la leche. Algunas veces me han preguntado qué hay que hacer con la cal, cómo se toma y qué se debe rezar. He recomendado lo que dicen los franciscanos custodios de la gruta: echar un poco en un vaso de agua y tomar durante nueve días rezando una oración. Puede servir el Padrenuestro, Avemaría y gloria. Encontré esta oración que me ha parecido bonita para acudir a la Virgen de la gruta de la leche:
"Hermosa Señora de la Leche, amadísima Madre del Niño Jesús y Madre mía, escucha mi humilde oración. Tu corazón de madre sabe todos mis deseos, todas mis necesidades. Sólo a ti, Inmaculada Virgen, tu Hijo Divino ha dado a comprender los sentimientos que llenan mi alma. Tuyo fue el sagrado privilegio de ser Madre del Salvador. Intercede ahora con Él, mi amadísima Madre, para que, de acuerdo con su voluntad, pueda yo ser madre, o madre de otros hijos enviados por Nuestro Señor. Esto pido, Señora de la Leche, en nombre de tu Hijo Divino, mi Señor y Redentor. Amén"
En cualquier caso el mail que me han enviado demuestra que lo más importante es la fe y la confianza en Dios, más que seguir unos procedimientos concretos. Así me escribían:
"Indagando sobre la Gruta de La Leche, encontré su blog y quisiera compartir nuestra historia. Llevamos casados más de 15 años y desde el principio, con problemas congénitos de fertilidad, que frustraban nuestro deseo de tener una familia numerosa a la que transmitir la Fe. Con la ayuda de medicación hormonal, que nunca más volvió a dar resultados, nació nuestro primer hijo, que ya tiene 13 años. Tras infinidad de intentos durante más de 10 años, incluso un doloroso aborto, comenzamos el proceso de adopción, porque seguíamos viendo nuestra vocación a aumentar la familia. En esas estábamos cuando, a principios de marzo de este año, unos familiares visitaron Tierra Santa y pasaron por la Gruta. Además de rezar allí por nosotros, nos trajeron unas piedritas del lugar. Le puedo asegurar que cuando nos las entregaron, yo me reí por dentro como Sara, esposa de Abraham, anciana y estéril, pensando en mis 40 años y todo lo intentado. Nunca he creído en estas cosas… Aún así, fiados de su Fe, las guardé en la cartera como me indicaron, porque no me hablaron ni de las oraciones ni de tomarlas disueltas. A los tres meses se produjo el Milagro del embarazo, al que no dábamos crédito; nos parecía tan imposible que tardamos en ir al médico varias semanas para confirmarlo. Como se puede imaginar, estamos felices de ver la inmensa obra de Dios en nuestra familia. Es un varón que se llamará Marcos, como el Evangelista, y que esperamos para los primeros días de Marzo, justo al año, de recibir las piedras. ¡cómo no ver el Milagro!, tendríamos que estar ciegos… Hemos comprobado que para Dios no hay nada imposible y que hace las cosas cuándo y cómo a Él mejor le parece para nuestra salvación, aunque tantas veces, nosotros no las entendamos.
Damos gracias al Cielo por la bendición de este hijo y animamos a todos los que se encuentren en situaciones parecidas, a no perder nunca la Esperanza y confiar en la Oración para poder aceptar la voluntad de Dios, Padre Bueno, sea cual sea."

sábado, 22 de noviembre de 2008

Parábola de la moneda perdida en la casa

El otro día estuve en Taybe, que antiguamente se llamaba Efraín, donde se piensa que estuvo el Señor días antes de la pasión. El sacerdote del lugar nos enseñó una casa tal y como estaba en la época del Señor. Una de los detalles que hoy quería referir es el del suelo. Las excavaciones arqueológicas muestran que los suelos de la época estaban hechos con piedras redondeadas e irregulares. Por eso en las junturas de las piedras se acumulaba la tierra. Así se entiende bien la parábola que contó el Señor sobre la moneda perdida en la casa.
-“Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 8-10).

Resultaría muy difícil encontrar cualquier objeto pequeño que cayese al suelo, pues a veces sería fácil también que la misma tierra de las junturas lo enterrase.
El arqueólogo que dirigía la principal compañía de excavaciones en Cafarnaum, Virgilio Corbo, solía bromear con sus alumnos diciendo que la moneda que perdió la mujer, la encontré yo. Explicaba que al realizar las excavaciones y revisar con mucho cuidado lo que iba apareciendo entre las piedras y el polvo, encontraron -en los huecos del pavimento de varias casas- monedas y otros objetos pequeños, que sin duda habían extraviado sus dueños y que habían quedado ahí enterrados durante siglos.
Se entiende mejor la alegría que -según cuenta el Señor- tendría la mujer al encontrar la moneda. Y con esta imagen quiere expresar el gozo que habrá en el cielo por un pecador que se convierta.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Retiros mensuales en el Patriarcado

Los retiros en el Patriarcado son para los sacerdotes católicos de rito latino de Israel y Palestina, y también acuden algunos franciscanos encargados de las parroquias que hay en lugares santos. Desde el principio tenía intención de asistir a los retiros del Patriarcado con los sacerdotes de la diócesis, pero estaba el obstáculo del idioma. Habitualmente son en árabe. Cuando ya llevaba un año en Tierra Santa me decidí a asitir. Los retiros tienen una primera parte en la que se reza alguna hora del breviario, y se medita el evangelio. Es una hora de oración y meditación. Después hay un tiempo, una media hora, en la que algunos sacerdotes aprovechan para rezar, otros para confesarse, y también muchos suelen estar un rato con otros sacerdotes intercambiando impresiones. Después nos reunimos de nuevo, esta vez para una larga sesión en la que se presentan actividades, planes pastorales y se dan avisos varios sobre acontecimientos que han tenido lugar o que se van a celebrar próximamente. Posteriormente es la comida. Este es el esquema básico de los retiros.
Recuerdo el primer día que fui. Al llegar estaban rezando el breviario. El anterior Patriarca muy cariñoso me prestó su breviario en árabe por la página en la que estaban y me señaló la línea. Un detalle por su parte, pues sin saber mucho árabe no es fácil encontrar el salmo. Cuando llegamos a la reunión sobre presentación de actividades, ante mi sorpresa, entendí que el secretario decía mi nombre y afirmaba que el nuevo sacerdote se iba a presentar. La verdad es que me no me lo esperaba, y sin ninguna preparación me lancé en árabe.
-Me llamo Santiago Quemada, soy un sacerdote del Opus Dei, y vivo en Jerusalén desde hace un año.
Después de decir esto, el que es ahora nuevo Patriarca vino en mi auxilio, pues dijo:
-Puedes hablar si quieres en italiano o en inglés. Lo entendemos todos.
Respiré agradecido por el capote, y continué en italiano mi presentación. Conté los de la Obra que vivíamos aquí, los centros que teníamos. y algunas de las actividades que hacíamos.
Los sacerdotes estuvieron muy amables presentándose después. Me decían a qué parroquia pertenecían, y todos me invitaban a ir conocer sus respectivos lugares. En este año he podido visitar algunas parroquias, pero todavía me quedan muchas, sobre todo las que están en territorios.
En este mes el retiro fue un poco especial. La primera parte fue una Misa de difuntos, por tratarse del mes de noviembre. Fue una Misa concelebrada en árabe. Después bajamos a la cripta donde están enterrados los Patriarcas. Allí rezamos –presididos por el Patriarca- un responso. Después la reunión la tuvimos en una sala distinta de la habitual, en la que hay una mesa muy larga como se ve en la foto. El Patriarca había querido que tuviéramos una reunión especial para transmitirnos algunas ideas del Sínodo de Obispos en el que había participado. Nos repartieron una carpetas con el resumen final del Sínodo en árabe y en francés. Se habló de la Palabra de Dios, y de cómo mejorarla en nuestra diócesis. Se nos animó, entre otras cosas, a fijarnos en la segunda lectura de la Misa para la homilía del domingo, y dar así a conocer a los fieles la riqueza de los escritos de san Pablo. Nos dieron algunas noticias de la diócesis. Se habló de los tres seminaristas que se ordenarían el próximo viernes en el Patriarcado en Bet Jalla.
En estas fotos se ve al fondo de la habitación al Patriarca presidiendo, junto con los Obispos de Nazaret y Haifa, y unos 30 o 40 sacerdotes participando. Los retiros mensuales son una ocasión estupenda para conocer a todos los sacerdotes del Patriarcado, para rezar con ellos, y para aprender de su trabajo pastoral, tantas veces realizado en situaciones muy difíciles. Espero contar en alguna entrada detalles de su trabajo, para que los lectores puedan también rezar por estos sacerdotes y por la labor que hacen.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Cesarea Marítima, prisión de san Pablo

Un día fuimos de excursión al norte, a la antigua ciudad de Cesarea Marítima. En este años paulino pensé que no podía ser mejor momento que este para visitar sus ruinas, ya que allí estuvo encarcelado san Pablo durante dos años, bajo los procuradores Félix y Festo. También en ese lugar fue donde se presentó ante el rey Agripa (Hch 26). El apóstol había desembarcado en el gran puerto de la ciudad al regreso de su tercer viaje por las comunidades cristianas del Mediterráneo y había sido apresado por predicar el evangelio. Son unas ruinas espectaculares, y con mucha historia que está ligada a nuestra fe. Allí tuvo lugar el bautismo del dignatario romano Cornelio (Hechos 10, 1-5, 5, 25-28); desde allí zarpó Pablo para sus travesías por el Mediterráneo oriental, y -como hemos dicho antes- desde aquel lugar fue enviado a Roma para ser juzgado por el Cesar (Hechos 23, 23-24).
Cesarea está a orillas del Mediterráneo, aproximadamente a mitad de camino entre Haifa y Tel Aviv. En las excavaciones arqueológicas de las décadas de los 50 y 60 se encontraron restos de numerosos periodos, en particular un complejo de fortificaciones de la ciudad cruzada y el teatro romano. Durante los últimos veinte años, las diversas excavaciones llevadas a cabo han puesto al descubierto impresionantes restos de la grandeza que la ciudad tuvo en la época romana y en la de los cruzados. Fue fundada por el rey Herodes en el siglo I d. C. sobre el lugar de un puesto comercial llamado la Torre de Straton. Recibió el nombre del protector romano de Herodes, el emperador César Augusto. La ciudad fue descrita en detalle por el historiador judío Flavio Josefo. Era una ciudad amurallada, con el puerto más grande de la costa este del Mediterráneo llamado Sebastos, el nombre griego del emperador Augusto. El núcleo de la ciudad y la fuente de su fuerza económica era el puerto. Se construyeron dos rompeolas magníficos, que tenían unos 850 metros de longitud, y que cerraban el puerto para dar seguridad a centenares de naves. El historiador Flavio Josefo nos informa de que en la punta del rompeolas había una torre alta, probablemente un faro. El puerto es todavía hoy visible desde el aire, pero sus detalles sólo pueden ser vistos bajo el agua, ya que el nivel del mar ha subido en los últimos dos mil años. Conectados al puerto, como una parte integrante del mismo, había almacenes para los bienes con los que se comerciaba. El templo de la ciudad, dedicado a César Augusto, se levantaba sobre un alto podio que daba hacia el puerto. Un amplio tramo de escalones conducía hasta el pilar del templo. Se construyeron también -de acuerdo a la tradición imperial- edificios públicos y sofisticadas instalaciones. El palacio del rey Herodes se encontraba en la parte sur de la ciudad. En el año 6 d. C., Cesarea pasó a ser la sede de los procuradores romanos de la Provincia de Judea y de los cuarteles de la X Legión Romana. En los siglos II y III, la ciudad se expandió y se convirtió en una de las más importantes en el área oriental del Imperio Romano, definida como la "metrópolis de la provincia de Siria Palestina". El teatro se encuentra en la parte sur de la ciudad. Fue encargado por el rey Herodes y es la primera instalación romana de esparcimiento construida en su reino. Da hacia el mar y cuenta con miles de localidades dispuestas en una estructura semicircular abovedada. En las excavaciones del teatro se encontró una piedra que muestra partes de una inscripción que menciona a "Poncio Pilatos, prefecto de Judea".
Cesarea continuó siendo el mayor centro urbano de esta parte del Imperio romano. En el siglo IV d. C., cuando la parte oriental del imperio se convirtió al cristianismo, Caesarea llegó a ser una ciudad cristiana, pero tuvo también población judía y samaritana. En la época bizantina la ciudad alcanzó su área máxima y fue rodeada por una muralla. En 639 d. C. Cesarea fue conquistada por los musulmanes, que permanecieron allí. En 1101 fue tomada por los cruzados, que se asentaron en ella, pero la ciudad no se fortificó hasta mediados del siglo XIII, bajo Luis IX de Francia. Catorce años después los musulmanes conquistaron de nuevo la ciudad, que fue destruida y abandonada. Las fortificaciones que Luis IX había construido (muros, torres y foso) son las estructuras impresionantes hoy visibles cerca del puerto.
El día que elegimos para nuestra excursión era soleado, aunque hacía algo de viento. Llegamos a la ciudad y fuimos a las taquillas para informarnos. Los hebreos tienen estas ruinas conservadas como museo. Hay posibilidad de unirse a grupos dirigidos por guias. Nosotros preferimos verla por nuestra cuenta. Primero estuvimos en el anfiteatro, grandioso y muy bien conservado. Después, ya a orillas del mar disfrutamos del momento más emocionante: un letrero nos indicaba que allí estaba el palacio de Herodes, y en ese lugar había estado encarcelado san Pablo durante dos años. Mas adelante vimos otras casas de la ciudad antigua entre cuyas ruinas paseamos. Finalmente estuvimos en el imponente antiguo puerto marítimo. Es un sitio que vale la pena visitar, y pienso que con más motivo en este año paulino. Allí le pedí a san Pablo para que haya muchos apóstoles de las gentes -entre los que nos contemos nosotros- que sean tan audaces, intrépidos y llenos de fe como lo fue él.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Nadie nos ha contratado

Me asombré el otro día al comprobar cómo una parábola que cuenta el Señor en el Evangelio seguía viva en Tierra Santa. Se trata de aquella en la que Jesús dice que “el Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi viña”. (Lc, 20,1-7). Cual fue mi sorpresa al darme cuenta que en Jerusalén sigue habiendo trabajadores esperando en un lugar muy concreto para que vaya alguien a contratarlos. Están en un cruce que se encuentra cerca de la ciudad antigua, entre la puerta Nueva y la puerta de Damasco. Al pasar en coche por la mañana temprano siempre veía algunos árabes sentados en la acera, o de pie en grupos, que al paso de los vehículos les hacían señas ofreciéndose para algo. No sabía de qué se trataba hasta que me lo explicaron.
Organizamos el curso pasado un campeonato de futbito que sería un día por la tarde. Conseguimos que nos dejaran unas instalaciones pero solo había unas porterías y dos campos. En otro lugar nos ofrecieron unas porterías pero estaba la dificultad del traslado al lugar de las instalaciones. Entonces surgió la brillante idea de acudir a los trabajadores que están esperando que les contraten. Fuimos al lugar y allí estaban. Mucha gente en Jerusalén cuanto tiene necesidad de contratar rápidamente a alguien se dirige a esa calle. Hay trabajadores manuales, electricistas, camioneros, y algunos tienen sus vehículos para transportar lo que haga falta. Eso era justo lo que necesitábamos. Vimos qué tipo de vehículo nos interesaba y convinimos el precio por trasladar las porterías de un lugar a otro. Fue de gran utilidad.
Me gustó comprobar cómo la parábola sigue viva. Ahí están los trabajadores esperando que se les contrate. Por supuesto también esta enseñanza del Señor está viva en el sentido de que Él hoy sigue llamando gente, personas que todavía no han descubierto la belleza de la fe, o que tienen una vocación específica pero aun no la han visto. Recemos y hablemos de Dios para que mucha gente se convierta y se entregue a Él, para que llegue a todo el mundo el anuncio de Cristo y ninguna persona pueda decir: “Nadie me ha contratado”.

sábado, 25 de octubre de 2008

Nuestra Señora Reina de Palestina

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora, Reina de Palestina. Estuve por la mañana concelebrando en la Misa que tiene lugar todos los años en el Santuario erigido a la Virgen, Reina de Palestina. Cada vez más cristianos de Tierra Santa tienen devoción a esta advocación mariana. Y en este día, cada año, también crece más y más el número de cristianos que acuden a rezar a nuestra Madre.
El Santuario se encuentra a 35 kilómetros al oeste de Jerusalén, a mitad de camino hacia Tel Aviv, y cerca de la ciudad de Bet Shemesh. El lugar está muy próximo a Kibbutz Zora, que en la biblia aparece mencionado como el lugar del nacimiento de Sansón. El Santuario fue inagurado en 1927. Se celebraría la fiesta de Nuestra Señora, Reina de Palestina el domingo que sigue al 25 de octubre. La Santa Sede aprobó la fiesta en 1933. Se implora a la Virgen de Nazaret una especial protección para su Tierra nativa. La iglesia y el complejo de edificios fueron hechos por el arquitecto Maurizio Gisler. En el interior del Santuario está escrito en 280 lenguas distintas las palabras “Ave María”. El Patriarca en aquel entonces eligió de las 404 traducciones del "Ave María" que le presentaron las que finalmente aparecen. En el frontal del edificio principal hay una estatua de bronce, de 6 metros que representa a la Virgen bendiciendo su Tierra. Debajo las palabras: "Reina de Palestina". Hay que recordar que en aquel tiempo el nombre de Palestina no tenía un significado político sino religioso: designaba la región geográfica de la patria terrena de Jesús y de su madre María. Participan cristianos de toda Tierra Santa, pero especialmente de Jerusalén y de Belén. En esta ocasión las autoridades militares israelíes han concedido 800 permisos a cristianos de Belén para pasar el muro de separación.
El ambiente ha sido, como siempre en este día, muy festivo. La ceremonia solemne y celebrada por el Patriarca. Concelebramos unos 30 sacerdotes, y participaron gran cantidad de fieles. Al terminar la Misa, en procesión, se da una vuelta al Santuario para honrar a Nuestra Señora. Después de la Santa Misa la gente se queda a comer y a departir amigablemente. Muchas familias cristianas ya se conocen, y el ambiente que se crea es muy agradable.
Sabemos que todas las advocaciones de la Virgen, que son muchas, veneran a la única Virgen María. Y nuestra Madre nació y vivió aquí. Qué mejor lugar para honrarla como se merece. También ayuda saber que los cristianos que vivimos aquí le pedimos especialmente a través de esta advocación y en el día de hoy por la paz en su Tierra, en nuestra Tierra. También me gustaría a mí hoy pedir a los lectores oraciones por esta intención. Sugiero para que no se pase la buena intención rezar un "Ave María" a nuestra Madre en el momento de leer esta entrada.

domingo, 19 de octubre de 2008

Fiesta hebrea de los tabernáculos o Sukkot

Después de las entradas en el blog del Ramadán y de Yom Kippur, termino esta serie de fiestas de otras religiones con la de Sukkot. Los hebreos hacen tiendas en los balcones de las casas o en lugares que dan al exterior en sus casas y pasan allí parte del día. En principio tienen en la tienda todas las comidas y a veces duermen por la noche. El año pasado pude oír los ronquidos de mi vecino hebreo en la tienda que había hecho en el balcón de su casa. Varios días antes ya se le veía atareado clavando las varas que sujetarían la tienda, poniendo el techo, y ajustando el toldo que la recubriría. Después, durante una semana se le entreveía dentro de la tienda: comiendo, leyendo, rezando o durmiendo.
La fiesta de los Tabernáculos o Sukkot era la tercera de las grandes fiestas del año. Todos los varones israelitas debían presentarse en el templo de Jerusalén para celebrar el feliz término de la recolección de todos los productos agrícolas. Tenía lugar en las primeras semanas de otoño, y eran días de regocijo y de acción de gracias por los frutos de la tierra que Dios había dado al pueblo de Israel. Este nombre tiene origen en los tabernáculos, tiendas, cabañas o chozas, que los israelitas acostumbraban a levantar en los campos y en las viñas para habitar en ellas durante la temporada de la recolección. Con el paso del tiempo se dio a este hecho una significación histórica y religiosa: las tiendas conmemoraban los años en los que los hebreos habitaron como nómadas durante su peregrinación por el desierto. A lo largo de los siete días que duraba la fiesta de los tabernáculos los israelitas adquirieron la tradición de vivir acampados en tiendas.
Es interesante comprobar de dónde proviene esta fiesta y cómo se encuentran en ella elementos semejantes a los que vivimos los católicos, como las palmas. Los hebreos toman las cuatro especies: etrog (cidra), lulav (palmera), tres hadasim (ramitas de mirto) y dos aravot (ramitas de sauce). En cada día de la festividad (excepto Shabat), cogen las cuatro especies, recitan una bendición sobre ellas, las unen en sus manos y las agitan en seis direcciones: derecha, izquierda, adelante, atrás, hacia arriba y hacia abajo, expresando así que Dios está presente en todas partes. Los cristianos, en cambio, con las palmas recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
Llama la atención lo elegantes que se ve a los hebreos por la calle -yendo o volviendo de la sinagoga- con una bolsa alargada que contiene las palmas y demás elementos. En realidad siempre se visten sus mejores galas para ir a la sinagoga y van con toda la familia. Es todo un acontecimiento. Me hizo un comentario un peregrino al verles:
-Que pena que a veces los cristianos vayamos a Misa de cualquier manera, sabiendo que vamos a estar nada menos que con Jesucristo realmente presente, y asistir a la renovación incruenta de su Sacrificio en la Cruz por cada uno de nosotros.

sábado, 18 de octubre de 2008

Donar

Para quien desee ayudar al sostenimiento de la labor con jóvenes en Tierra Santa.

Cuenta Corriente:
0086-3251-37-0010566785
Banco Banif

Si quieres ayudar a través de Pay Pal, haz click abajo en Donar:















domingo, 12 de octubre de 2008

Yom Kippur

Es impresionante pasearse por las calles de Jerusalén en día de Yom Kippur. No hay un solo coche y está toda la ciudad en silencio. La policía corta algunas calles ya desde el día anterior por la tarde, que es cuando empieza la solemnidad. Solo se ven niños montando en bicicleta por las carreteras vacías. Es peligroso salir en coche porque los judíos ultraortodoxos te pueden tirar piedras, como de hecho nos ha pasado ya algún año. Los judíos que no practican se quedan todo el día en casa viendo películas de video. Los videoclubs se vacían en ese día. Los que viven el Yom Kippur también suelen quedarse en casa, sobre todo porque el ayuno que hacen ese día consiste en no comer ni beber nada , ni siquiera agua, en las 25 horas que dura el día de la expiación. Son 24 horas en teoría, pero lo hacen 25 para no arriesgar y ponerse en peligro de no cumplir el precepto legal con exactitud.
El día de Yom Kippur viene recogido en el Antiguo Testamento como día de la Expiación. Era el día en que Israel se reconciliaba con Dios. El pueblo hebreo volvía a tener en este día el carácter de pueblo santo, mediante el perdón de todo lo que podía separarlo de su Dios, de todos los pecados que se habían cometido durante el año y que habían quedado sin reparación. Esta fiesta se celebra una vez al año y tiene como características una austera solemnidad y la penitencia. Se prescribía un ayuno riguroso y la abstención de toda clase de trabajos manuales. Además de perdonar todos los pecados personales, en la antigüedad tenía como finalidad purificar el santuario de toda contaminación que se hubiera producido por el contacto con los hombres pecadores. Era el único día que el sumo sacerdote podía entrar en el “Santo de los Santos”. De entre dos machos cabrios se escogía a suertes uno, que se sacrificaba por los pecados del pueblo. El Sumo Sacerdote hacía una aspersión con su sangre en el “Santo de los Santos”. Al salir del templo imponía las manos sobre la cabeza del otro macho cabrío -que no había sido sacrificado- indicando con ello que cargaba sobre el todos los pecados y faltas de los israelitas. Este animal era llevado al desierto y se le abandonaba para que con él desaparecieran también todos los pecados que cargaba.
Ese día es el único al año en que se les pueden perdonar todos los pecados. La víspera se hace lo que se llama “kaparot”. Se degüella un pollo para cada miembro de la familia, gallos para los varones y gallinas para las mujeres. Un solo gallo basta también para toda la familia. Se da vueltas al pollo sobre la cabeza y se dice la fórmula que se traduce así: “Este pollo viene en mi lugar, me reemplaza y es mi perdón; este pollo va a la muerte y yo entraré en una vida larga y apacible.” No se puede pretender que esta acción tenga el efecto de un verdadero perdón, pero si somete su naturaleza animal a la voluntad de Dios y se piensa que, en vez del pollo, uno mismo merece la muerte por causa de sus pecados, en ese caso la petición de perdón será ciertamente recibida por el Todopoderoso.
El Señor fue preparando con la fiesta de Yom Kippur el ayuno y la expiación que los cristianos hoy ofrecemos por nuestros pecados. Ayuda al conocer estas prácticas judías, y comprobar cómo valoran el perdón de los pecados que Dios les ofrece ese día, el pensar lo fácil que nosotros lo tenemos con el sacramento de la penitencia. Podemos acudir al sacerdote cuando queramos y quedar librados de nuestras faltas por los méritos de las heridas que sufrió el Señor en la Cruz. Quizá esta entrada nos ayude para valorar más y acudir con más frecuencia al sacramento del perdón.

domingo, 5 de octubre de 2008

Una celebración por todo lo alto

El pasado día 2 de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, celebramos en la Obra el 80 aniversario de su fundación. En Tierra Santa quisimos celebrar el acontecimiento con una Misa Solemne, e invitamos al Patriarca de Jerusalén para que la presidiera. Accedió gustoso, y se celebró en la con-catedral del Patriarcado en Jerusalén. Fue una ocasión estupenda para invitar a tanta gente que conoce y quiere la Obra. La respuesta fue muy buena, y los bancos de la con-catedral se llenaron. Había preparadas sillas suplementarias, algunas de las cuales fueron también ocupadas. En la Misa concelebraron -aparte de los Vicarios del Opus Dei en Tierra Santa- otros sacerdotes del Patriarcado. En total, ocho. Ayudaba el maestro de ceremonias del Patriarca, y seis seminaristas que vinieron del Seminario de Belén para ayudar en ceremonia. La celebración fue solemne, acompañada por un pequeño coro y por el organista de la Custodia de Tierra Santa. La Misa se celebró en árabe, y la homilía también fue pronunciada en este idioma. Sólo en los últimos minutos el Patriarca dijo algunas palabras en inglés. Llamó la atención el cariño que su Beatitud Mons. Fuad Twal manifestó hacia la Obra. Las palabras que dirigió en la homilía calaron hondo en los fieles. Nos felicitó por el acontecimiento que celebrábamos. Explicó el carisma peculiar de la Obra: promover la santificación en medio del mundo, a través del trabajo profesional y de la ordinarias tareas que vive todo cristiano. Elogió la labor que la Obra realiza en Tierra Santa, espoleándonos a seguir trabajando sin desanimarnos ante los pocos cristianos que hay, o ante las dificultades del ambiente y de la sociedad en la que vivimos. Dijo que la fuerza que teníamos no era nuestra sino de Dios. Fue muy optimista, y nos empujó a vivir nuestra fe con esa seguridad. Al final de la Misa el Vicario del Opus Dei en Tierra Santa agradeció al Patriarca y a todos los asistentes su presencia y sus oraciones, y se despidió en árabe y en hebreo.
Al salir habíamos preparado un refrigerio para los asistentes que nos permitió saludar a tantos amigos y conocidos. Un buen número habían venido de lejos, desde Nazaret, sólo para asistir a la Misa. Otros viajaron desde Haifa y Tel Aviv. Y algunos pudieron acercarse desde Belén, aunque tardaron más de lo previsto en cruzar el checkpoint.
La ceremonia fue grabada por Tele Pace. A la salida entrevistaron al Patriarca, que respondió gustoso a las preguntas de la entrevistadora. La periodista gravó a dos mujeres árabes, una de Jerusalén y otra de Nazaret, que hablaron de como el Opus Dei les ha enseñado a encontrar al Señor en sus tareas domésticas habituales. Después, un empresario árabe de Nazaret expuso los motivos que le habían movido para viajar a Jerusalén con algunos amigos. Un judío de origen ruso que también fue entrevistado contó que, a pesar de no ser cristiano, quiso asistir a la Misa por la amistad y el cariño que tiene a tanta gente de la Obra.
Esta entrada me gustaría que sirviera para que los que la lean se animen a rezar alguna oración por la labor que el Opus Dei -con tanta ilusión y esperanza- está haciendo en Tierra Santa.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Un musulmán: "lo vuestro no es ayuno"

Esta semana termina el mes del Ramadán para los musulmanes. Son días muy movidos en Jerusalén. Muchísimos musulmanes que vienen desde los alrededores a la Ciudad Santa –al Quds, en árabe- para rezar al final del Ramadán en la esplanada de las mezquitas, especialmente ante el domo de la Roca, uno de los lugares más santos para los musulmanes, pues en esa mezquita está la roca desde donde sostienen que Mahoma subió al cielo.
Todos los viernes vienen muchos musulmanes para rezar y llenan de coches y de autobuses los alrededores de la puerta de Damasco. Yo vivo cerca y se nos llena la calle de vehículos aparcados por todos lados, hasta el punto de que peligra seriamente que podamos sacar nuestros coches del aparcamiento. Otra cosa curiosa que nos afecta en Ramadán -también a los que no somos musulmanes- son los toques de inicio y final del ayuno cada día. El comienzo nos sorprende durmiendo. Suele ser sobre las 5.00 de la madrugada. Se trata de un petardazo o bombazo que se oye fortísimo en toda la ciudad. Algunos se siguen despertando con el ruido. Otros ya nos hemos ido acostumbrando. Por la tarde, sobre las 18.00 cuando termina el tiempo de ayuno vuelve a sonar el bombazo. Generalmente es fuerte y sobresalta, aunque a veces es más potente de lo normal y te llevas un susto. Cuando es tan fuerte suelen saltar hasta alarmas de los coches en la calle.
Sobre el ayuno que hacen los musulmanes el casi un mes que dura el Ramadán, hay que decir que es bastante duro. No comen ni beben nada desde antes de salir el sol –alrededor de las 5.00- hasta que se pone –sobre las 18.00- durante un mes. Siguen trabajando y sufren las consecuencias, sobre todo de la falta de líquido. Sobre esto quería contar un sucedido que le pasó a uno de los que viven en la misma casa que yo. Estuvo hablando de religión con un amigo musulmán en la universidad. Le explicó que nosotros también teníamos la Cuaresma, y que se trataba de 40 días en los que hacíamos abstinencia todos los viernes, y ayunábamos dos. Nuestro ayuno consistía en desayunar muy poco, comer normal, no tomar nada entre comidas ni merendar, y cenar de manera frugal. La abstinencia consistía en no comer carne. Cuando el musulmán oyó lo que hacíamos los católicos le dijo a mi amigo:
-Eso no es ayuno.
Efectivamente. Comparado con lo que ellos hacen no es prácticamente nada. Para que luego nos quejemos o rebajemos esa penitencia tan mínima que nos manda la Iglesia.
Los niños también lo viven. Me contaban también de uno de los niños musulmanes que vienen por el club, que en un día de Ramadán, cuando quedaba una hora para el bombazo -para que terminara el ayuno- llamó a su madre por el movil y le dijo que tenía una botella de coca cola, y que si podía beber un poco. Su madre le dijo, que no, que esperara una hora.
Muchas veces nuestros hermanos musulmanes nos dan ejemplo de mortificación y espíritu de sacrificio.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Monedas con historia en Tierra Santa



Esta semana nuestra historia trata de monedas antiguas. Vinieron algunos niños a la actividad del club, y en esta ocasión se organizó para ellos una gymkana por las calles de la ciudad antigua de Jerusalén. Los niños tenían que realizar diversas pruebas que llevaban escritas en un papel, y el grupo que terminara de conseguir antes lo que se indicaba había ganado y recibiría el premio. No era fácil, pues había bastantes pruebas: algunas bastante originales y otras difíciles. Una de las que tenían que hacer era conseguir una moneda de otro país. Pero un grupo de niños se equivocó, pues en lugar de traer una moneda extranjera lograron algo en teoría más difícil. Entraron en una tienda de la ciudad antigua y preguntaron por una moneda especial. El resultado fue que el comerciante les dio la moneda que aparece en la imagen. Nos quedamos un poco sorprendidos cuando vimos al niño llegar con la moneda. Era muy pequeña, tenía como un centímetro de diámetro, y parecía realmente antigua. La llevamos a un especialista, y nos confirmó que efectivamente se trataba de una moneda antigua romana, y que la imagen que aparecía en una de las caras es la de un emperador romano. Por supuesto la moneda -aunque no era extranjera- por su indudable originalidad fue admitida.
Se pueden encontrar monedas antiguas en Jerusalén. Algunos han descubierto el negocio y han comercializado el famoso “Óbolo de la viuda”.
“Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donaciones en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: "De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir". (San Lucas, 21:1)
Esta moneda se puede comprar en las tiendas Se vende en unas cajas en forma de libro en las que se encuentra un “Óbolo de la viuda” muy bien presentado. Esta moneda del siglo I a.C. se llamaba “Lepton”. La palabra es una palabra griega que significa “pequeña” o “fina”, y en la época era la moneda de menor valor. Hoy por su indudable interés esta moneda que - para desgracia de la viuda- valía tan poco se ha revalorizado, y se vende por muchísimo más de lo que costaba en su momento. De todas formas el valor de la moneda era el de la generosidad de esa persona que la echó en el cepillo del Templo.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El Calvario y la Virgen Dolorosa

Ayer día 14 de septiembre celebramos en Jerusalén la solemnidad de la exaltación de la Santa Cruz. Hoy es la fiesta de la Virgen Dolorosa. Aprovecho esta ocasión para hablar del monte Calvario donde murió nuestro Señor y también de nuestra Madre la Virgen, que fue traspasada en ese lugar por una espada de dolor, como le había anunciado años atrás el anciano Simeón.
El Calvario no es un monte, sino de una gran roca de 5 a 6 metros de alto, por otros 6 de largo y otros tantos de ancho. La palabra monte para referirse al Calvario empezó a ser usada en el siglo IV a iniciativa del llamado "peregríno de Lión", que escribió sobre su viaje a Tierra Santa y popularizó la expresión “monte calvario”. Pero no hay tal monte. Se trataba de una antigua cantera. Era una zona fuera de los muros de la ciudad donde había restos de una antigua cantera de malaquita. Había estado en explotación desde el siglo IV antes de Cristo hasta el siglo I a.C, y en ese momento sólo quedaban los muros de piedra en semicírculo tan característicos, que se suelen encontrar en las canteras. Dicho promontorio, por tanto, no era de tierra sino de piedra. Se llamaba Gólgota que proviene del arameo Gugulta, que significa cráneo. En Hebreo se llama Galgolet, y en Griego Dránion. Locus Calvarie en latín. Al castellano se traduce como calavera, cabeza, calva…, la piel que recubre el cráneo sin cabello. Así llamaban aquí a cualquier promontorio. De ahí proviene lugar de las calaveras o Calvario, y no porque hubiera calaveras de gente que había muerto en el lugar. También le llamaban lugar de la calavera pues la forma de la roca recordaba a una calavera.
Bajando por la roca hasta la cantera había una hondonada, y al otro lado –enfrente- excavados en las laderas que dejaba la cantera se encontraban unos sepulcros. Allí estaba el sepulcro excavado en roca que José de Arimatea se había hecho construir y en el que fue depositado el cuerpo del Señor. Entre el Gólgota y el Calvario hay una distancia de 39 metros.
Actualmente hay una basílica que contiene tanto el Calvario como el Santo Sepulcro. En el Calvario hay dos zonas: la zona que lleva la Iglesia Católica y que es el lugar donde tradicionalmente fue clavado en la Cruz el Señor; y la zona que lleva la Iglesia Ortodoxa Griega, donde murió Jesús en la Cruz. Entre las dos hay una imagen muy bonita de la Virgen Dolorosa, que forma parte de la zona Católica. Se encuentra detrás de un pequeño altar, y encima de una columna. La imagen tiene una espada que le está traspasando el alma. Se trata de una imagen muy venerada a la que va mucha gente a rezar. Siempre hay personas que, esquivando la cola que se forma para besar el agujero de la Cruz, están rezando a la imagen de la Virgen Dolorosa.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Diario de un peregrino. Quinto día y despedida.

Domingo, 4 de mayo. Esplanada del Templo.

También hoy hemos caminado por la muralla hasta Jaffa. Cierta aflicción se va apoderando de mí al saber que quizás sea la última vez que atravieso esta puerta para recorrer las que parecen ahora cotidianas calles. Siento ya una melancolía prematura, una tristeza inefable mientras doblo las esquinas, cada vez que los altos muros de piedra rosada quedan atrás, ante el día que nace atravesando las techumbres del zoco iluminando tenuemente su despertar, por el aroma del incienso que nos conduce ya al Santo Sepulcro. Siento nostalgia de todo ello; esta sensación me acompaña mientras escuchamos misa en nuestra Crucifixión y, después, cuando recorro por última vez las penumbras y rodeo mansamente el primitivo monumento. Todo sigue igual esta mañana: la visita aún no ha comenzado, el ermitaño no se mueve desde su eternidad, la pálida niña continúa mirando con ojos llorosos el vacío gris sin importarle nada ese otro mundo de allá fuera, los inmensos cirios se elevan hacia la cúpula como un grito que resultase ser un lamento desgarrado salido de un profundo y ancestral órgano. De aquí surge el encantamiento, de aquí, la fe. Antes de salir miro postreramente hacia atrás y, ¡ay!, tengo quizás celos de los que mañana puedan contemplar el misterio profundo que de allí emana.



Aún nos queda tiempo para visitar la Explanada del Templo, hoy en día Haram el Cherif o Explanada de las Mezquitas. Paseando su enormidad primitiva olvidas la vieja ciudad que se extiende hacia poniente. Aquí no hay más que un gran vacío en la cumbre convertida en altiplano por la legendaria obra del rey Salomón. Desde el Pináculo, el valle de Josafat y el Monte de los Olivos ofrecen una visión grandiosa y bíblica, casi un preludio al más allá, convertida su ladera en cementerio milenario de creyentes que esperan de cerca el gran día del Juicio Final. Hombres y mujeres salen y entran de la Mezquita de al-Aqsa, se detienen sin prisas, sin excesos en su expresión devota, rezan y se retiran sin aparentar premuras de ningún tipo, tampoco aglomeraciones. Resulta tan diferente a las muestras de fervor místico que apenas hace unos instantes hemos contemplado en el Santo Sepulcro…, o a la actitud de esos hebreos desconsolados frente al muro que soporta esta plaza grandiosa y divina, que llenan de súplicas apocalípticas el común espacio… Resulta tan ajeno este lugar…tan limpio y cerca del cielo, que te produce una inesperada sensación, como si desde una atalaya contemplaras la historia de todas estas gentes antiguas: Abrahán trae hasta la cumbre de esta montaña a su hijo para ofrecerlo en holocausto, el arcángel Gabriel se posó en la piedra, Salomón edificó el primer Templo, las mismas Tablas de la Ley descansaron aquí custodiadas, Jesucristo caminó por este entorno, como tantos fieles se dirigía al templo para orar, desde aquí acusó de hipócritas a escribas y fariseos y predicó sus nuevas enseñanzas, desde aquí, en fin, Mahoma ascendió a los cielos. Parece como si toda la historia de nuestra vida comenzara en este púlpito. Es verdaderamente un lugar sagrado. La Cúpula de la Roca parece refulgir de esplendor en aquel ambiente de sobriedad. Su colorido es tal que casi resulta disonante, un zafiro coronado de oro guardado en un vetusto joyero. Allí también acuden los musulmanes para adorar la santa piedra, guardada así con celo y primor, inaccesible para otros credos. El sol que baña estas alturas desaparece tras la misteriosa puerta que te introduce de nuevo en el ambiente fresco que emana de las callejuelas del barrio musulmán. Ahora ya todo queda atrás mientras caminamos de vuelta a casa. ¡Adiós, Jerusalén!

domingo, 7 de septiembre de 2008

Diario de un peregrino. Día cuarto.

Sábado, 3 de mayo. Belén y Jerusalén de noche.

De nuevo caminamos, poco después de salir el sol, por el sendero ajardinado que discurre cerca de la muralla hasta la Puerta de Jaffa. Hoy es sabat, y muchos hebreos se dirigen ya hacia las sinagogas o hacia el Muro para vaciar y alimentar su espíritu. Caminan decididos y orgullosos, a veces con porte moderno, actual; otros envueltos en abrigos negros, con rizos, sombrero y filacterias. También acuden niños cogidos de la mano de sus papás, con camisa blanca, pantalón oscuro y kippa. Qué cruel me parece, al menos para los pequeños, tal exhibición de identidad, y qué tremendistas y rígidos sus preceptos. La primera de las religiones que clamó el monoteísmo, el Verbo de Dios, aquella que se inició de forma divina con la revelación de Yahvé a Abrahán hace casi 4.000 años, se ha quedado hoy anclada en el pasado remoto. Pero cómo juzgar aquí, en esta ciudad, el modo de acercamiento del hombre a Dios, cómo distinguir el significado de una oración, el fervor y la veracidad de las palabras cuando se contemplan tan sólo unos ojos enjugados de lágrimas o unas manos implorantes.
Las callejuelas conocidas nos llevan al Santo Sepulcro, ese lugar de Jerusalén donde el alma parece saciar mejor su sed infinita. Escuchamos misa en la Capilla de La Crucifixión, unidos unos pocos en la fe católica, afortunados nosotros de compartir con el sacerdote el recuerdo allí -¡en el ápice del Calvario!- de una persona ausente ya de nuestra vida terrenal, y escuchar su nombre en aquel espacio que se llena gradualmente de cánticos ceremoniales griegos provenientes de la rotonda negra del Sepulcro.
Me siento preparado para recibir al Señor en comunión; en este lugar en el que su presencia se hace tan patente, no sólo por la historia acumulada como una pátina en cada rincón del oratorio, sino también por la grandeza de fe que se desprende de los fieles congregados, de esa mujer casi niña postrada frente al altar que mientras se cubre el rostro con las manos como queriendo excluirse de este mundo, se pliega sobre sí misma hasta apoyar la frente en el suelo en un gesto de humildad y entrega infinito.
Conducimos hasta Belén y encontramos la imagen más cruel de la intransigencia entre los pueblos, entre las civilizaciones. Se hace patente el desencuentro, la iniquidad de sus gobernadores y hasta de sus guías espirituales, que lejos de mirar hacia un solo Dios se afanan en conseguir poder y acólitos para su causa.


Un vergonzante muro de hormigón y alambradas separa dos mundos en una tierra que vio nacer a Jesús, símbolo de la paz, profeta para musulmanes y hebreos. Olvidadas sus enseñanzas, unos y otros se odian dispuestos a no descansar hasta eliminar al adversario. Pero nosotros, como cristianos, cruzamos caminando aquel tránsito de poder con la mera intención de visitar un lugar santo. Un buen hombre se encargará de mostrarnos desde su piedad y fe en el Islam cada rincón que recuerda al niño Dios.
Sobre un terreno acolinado y yermo se extiende esta pequeña ciudad árabe conservando la memoria de los siglos y adaptándose a los nuevos visitantes judíos, que al no renunciar a su pasado milenario y cierto, se presencian en núcleos esporádicos envolviendo y vigilando la población y sus pobladores.
La cueva de los pastorcillos, las ruinas bizantinas que en su día fueron templos y basílicas en honor de la anunciación del ángel, los pozos de agua antiquísimos, muestra de la bondad bíblica de estos lugares, los caminos, en fin, que descienden a los valles, te sitúan ciertamente en el entorno del nacimiento de Jesús.
A la Basílica de la Natividad se accede a través de una pequeña abertura, casi un resquicio bajo un arco tapiado, que llaman Puerta de la Humildad, recordatorio de lo insignificantes que somos como hombres mortales. De forma tan sencilla te introduce en una nave basta y vacía, flanqueada por imponentes columnas que soportan una techumbre de tiempos de los Cruzados. Un aire de arcaísmo envuelve también este santo lugar, al que llegan, como a tantos otros, decenas, centenares de peregrinos venidos de las tierras más lejanas, para rendirse ante el lugar que el profeta Isaías anunció como aquel donde vendría al mundo el Mesías. Se cumplió la profecía y, así, en La Gruta de la Natividad, una estrella de plata incrustada en la losa de una pequeña cueva – casi una hornacina – dentro de la cueva, muestra al mundo, ¡clama!, el pequeño espacio -quizás la indefensión del niño Dios- donde tuvo lugar el nacimiento. Una vez más la fe tiene que acudir en mi ayuda para abstraerme de otros estímulos, otras prisas, y observar con vehemencia tan entrañable lugar.
Belén posee un deslumbrante mercado turco donde se respira a fondo la historia de antiguos pobladores que impregnaron con su sangre, sus costumbres y su religión, las callejuelas y plazoletas que suben y bajan abarrotadas de mercancías y luz. Es un consuelo que a veces las civilizaciones respeten tesoros arquitectónicos de sus predecesoras para deleite de venideras.
Al salir del nucleo urbano serpenteamos entre un paisaje gris, salpicado de modestas construcciones de bloque, que nos lleva a una pequeña aldea desde donde divisamos el valle pedregoso y estéril. En una de sus cimas que le sirven de cerco, un oasis de verdor acoge una construcción lejana, casi escondida, propiedad y atalaya de los israelíes, un kibbutz, desde donde parecen vigilar la agonía y desesperación de los palestinos, rebeldes por habérseles sido arrebatada la tierra de sus antepasados. Cómo no escuchar su lamento, su rabia contenida, su falta de esperanza para sus hijos; agarrados ellos al erial que da pasto a sus legendarias cabras desde tiempos de sus abuelos, y aferrados también a la casa levantada con sus manos. Pero prescindo de tanto conflicto y observo despacio aquella tierra, la misma que existió en tiempos de Jesús, donde fueron degollados tantos inocentes y desde la que partieron José y María con el niño camino de Egipto.
Nuestro anfitrión nos halaga haciéndonos partícipes de su casa y su familia, ofreciendo quizás lo que ancestralmente ha sido verdaderamente importante para sobrevivir: la generosidad de hacerte compartir su mesa. De nosotros espera una ayuda -¿por qué no?- para seguir. Solimán conoce nuestra religión, la respeta, la sitúa dentro de la suya propia y en su boca pone su convicción: se sentiría igualmente feliz si uno de sus hijos se casara con una cristiana; él iría a la mezquita y ella a la iglesia. Cuánta bondad en estas palabras y qué sencillo su mensaje. En un instante oigo la mayor expresión de reconciliación entre los pueblos, de respeto, de esperanza… Dicho en este lugar adquiere su máximo sentido, y pienso que Jesucristo se sentiría muy feliz de escucharlo. Bienaventurado por ello.
Despedimos Belén con una visita a la Gruta de la leche, donde en una primorosa capilla subterránea puede contemplarse una imagen de la Virgen María llena de sencillez y dulzura. Ofrece el pecho al Niño mostrándonos su gesto más maternal. Un monje franciscano reza en silencio en un rincón, él y yo solos en aquella quietud, y por un momento siento la suya una vida plena.
Nuestro ya amigo árabe nos acompaña al muro, a las puertas férreas, a las alambradas que nos separan del otro lado. Al despedirnos nos dice que él no puede salir. Allí nos damos un abrazo sincero, y por un momento unas lágrimas quieren delatarnos y apenas somos capaces de contenerlas. Adiós, Solimán, suerte para tus hijos.



El atardecer desde la cima del Monte de los Olivos resulta una visión mágica, una ilusión para los sentidos. Quisiera detener el instante, que la atmósfera gris azulada permaneciera quieta, levitando sobre la vieja ciudad durante más tiempo, envolviendo sus calles apiñadas, sus tejados y sus habitantes sin abandonarlos nunca. Pero tonos naranjas y rojizos van ganando el cielo; la majestuosa y dorada Cúpula de la Roca, minaretes y campanarios, remarcan sus brillos y perfiles como eternamente. Allá al fondo, las bóvedas del Santo Sepulcro. Poco a poco todo va desapareciendo en la noche, y no queda del Monte Moria sino un mar de lucecitas. Para mayor hechizo, la llamada a la oración resuena profunda en todo el valle de Josafat como un eco milenario.

domingo, 31 de agosto de 2008

Diario de un peregrino. Día tercero.

Viernes, 2 de mayo. Viaje al norte.

Desde el Monte Zión, cercano a nuestro hospedaje, hay un tranquilo y luminoso paseo hasta las murallas. El sol aún no calienta a estas horas tempranas, y al trasponer la Puerta de Jaffa encontramos un Jerusalén que despierta un día más para acoger a millares de peregrinos, y para dar a sus habitantes las cotidianas plazas y calles donde transcurren sus vidas. Nada más entrar se pasa junto a la Torre de David, baluarte de la defensa de la ciudad, y desde aquí caminamos esta mañana descubriendo el ir y venir de su gente, las labores de limpieza, los niños uniformados entrando a un colegio ortodoxo, los tenderos disponiendo sus comercios, los monjes detenidos a la puerta de algún convento llenos de gravedad tras sus hábitos; una pendiente escalonada nos lleva hasta una calle del zoco aún por despertar, parcialmente abovedada, que recibe la luz del día naciente a través de tragaluces, provocando una especie de ilusión óptica que sitúa las figuras y las formas en un ambiente vaporoso e irreal.
Una salida lateral a través de un callejón perfumado de incienso nos sitúa de nuevo en la plaza del Santo Sepulcro. Esta es la mejor hora para visitarlo, y también de anochecido, cuando sólo los más piadosos se mantienen dispuestos a no abandonar nunca el lugar, a pasar las largas horas arropados por sus muros de piedra y su constelación de lámparas con llamitas luminosas. Distintos oficios ocurren en las múltiples capillas, como si de una Torre de Babel entregada a la oración se tratara. El ermitaño continúa en su sitio, ajeno como ayer, y una mujer de juventud imprecisa, cuyos ropajes negros dejan tan sólo entrever su tez infinitamente pálida, dirige su mirada perdida a la atmósfera gris al tiempo que aferra con sus manos un pequeño libro religioso. Los fieles comienzan a deambular alrededor del Sepulcro; todavía no se puede visitar, los aventajados guardianes no han terminado de prepararlo para este nuevo día.
Desandamos las calles y volvemos a salir por Jaffa para ir al Jerusalén nuevo y moderno. Vamos a alquilar un coche y subir hasta Galilea – unos 150 Km. – siguiendo el curso del río Jordán. Siento una gran emoción al pensar que voy a ver lugares que hasta hoy sólo había alimentado mi imaginación escuchando los Evangelios.

¡El desierto de Judea! Una masa gris y pedregosa se precipita hacia el oriente una vez coronado el Monte de los Olivos. Colinas y valles resecos son increíblemente aún habitados por beduinos que reúnen miserables casas de palos y hojalata junto al cercado de sus rebaños de cabras, sobreviviendo sin duda como lo han hecho durante generaciones desde hace milenios. La carretera atraviesa estos parajes como una actualidad disonante dificultando su justa contemplación, pero si entornas un poco los ojos y los diriges hacia la atmósfera brumosa que se eleva desde el mar Muerto, entonces, puedes ver llegar las caravanas provenientes del norte, desde Siria, desde Irán… nutridas de mercaderes que acuden a Jerusalén siguiendo el Jordán hasta llegar a ese mar hundido y ponzoñoso de presencia eterna. Muchos peregrinos se habrán incorporado a su estela para protegerse de malhechores, y se disponen para ascender hasta la ciudad santa. Así lo harían también Jesucristo y sus Apóstoles cuando desde Galilea peregrinaban para celebrar la Pascua, Pentecostés o la Fiesta de los Tabernáculos.
El mar Muerto reverbera como una mancha gris y oleosa embalsado entre yermas montañas. Sorprende ver tan cerca de su orilla una verde extensión donde se adivina entre palmeras la antiquísima Jericó, al pie de una pared desértica cubierta de grietas y recovecos por donde estuvo Jesús mientras ayunó y oró en su retiro. Pronto el valle se hace fértil y continúa su ascenso hacia el norte. Escenario que vería a Juan el Bautista anunciar al Mesías poco antes de sufrir joven el martirio.

¡El lago Tiberiades! ¡El mar de Galilea! Qué momento tan mágico al contemplarlo por primera vez. Sus aguas, de un color limpio y celeste, bañan este lado creando una tierra fértil, con campos de cereal, plantaciones de frutales y orillas arboladas. Esta sí parece la Tierra Prometida. En frente, el desierto montañoso jordano, y más hacia el norte, los altos del Golán, estériles y estratégicos.
Reposamos a la luz del medio día en el Monte de las Bienaventuranzas. La vista desde allí es espléndida. Trigales y olivos ocupan ahora el lugar donde cientos de discípulos se sentaban pendiente abajo, con el mar y el cielo al fondo, para escuchar las palabras del Señor. Quiero imaginar su voz llegando hasta los últimos en situarse, vigorosa y clara, con la serenidad que se desprende de sus enseñanzas. Bienaventurados… así leemos una tras otra las prodigiosas palabras, dejando que llenen el aire una vez más y para siempre.
De Cafarnaún quedan unas espléndidas ruinas que muestran entre otras la que con absoluta certeza fue la casa de Simón Pedro. Desde ella, Jesús debió de pasearse por sus calles, visitar la sinagoga o descender a las orillas del lago para reunirse con los pescadores. En un lugar cercano a la villa, una pequeña iglesia rememora el lugar donde llevó a cabo el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Bajo su altar se encuentra una pequeña roca oscura y santa testimonio de aquel hecho. Junto a ella, un primoroso y sencillo mosaico recrea alegóricamente aquellos alimentos. Salimos y nos sentamos junto a la orilla. Tocamos el agua y permanecemos durante unos minutos en absoluto silencio, tan sólo contemplando su quietud surcada lentamente por una pequeña embarcación.
Llegados a Tiberíades paseamos un trecho hasta el puerto y tomamos ¡el pez de San Pedro!, a buen seguro descendiente genético de aquellos de entonces. Nuestro cuerpo y nuestro espíritu se sienten colmados.
Nos alejamos de allí camino de Nazaret, pero antes de llegar ascendemos al monte Tabor, en cuya cima se levanta la Basílica de la Transfiguración, construcción de época moderna y atendida por padres franciscanos. Un paseo por las inmediaciones te permite contemplar una vista prodigiosa de la llanura que se extiende a sus pies y, allá enfrente, las edificaciones de Nazaret sobre una colina. No se conoce el lugar preciso hasta el que Jesús subió para rezar con sus apóstoles más queridos –Pedro, Santiago y Juan-, ni dónde se transfiguró apareciéndose a ellos acompañado por Moisés y el profeta Elías, pero basta con rememorar aquella escena evangélica y compartir con decenas de fieles –muchos de ellos hindúes- una oración.

Llegamos a Nazaret fatigados de tantas emociones, ahítos de historia y fe, inmersos en vivencias bíblicas. Esta ciudad nos sitúa en otro instante, otro espíritu, inherente a la figura de Jesús para tantos cristianos; aquí se peregrina en pos de la Virgen, es en Nazaret donde comienza todo. En memoria de su divinidad se levanta la Basílica de la Encarnación, donde se respira un no sé qué dulce y maternal. Un paseo por el patio central te permite contemplar sus muros de piedra nueva, limpia y clara. En su interior se disponen dos niveles, ambos compartidos, puesto que desde una balconada participas también de la iglesia inferior, uno de cuyos laterales alberga la Gruta de la Anunciación. Ante ella, tras una delicada verja, contemplamos un fragmento de aquel poblado evangélico donde la Virgen fue visitada y anunciada por el ángel Gabriel.
Decenas de peregrinos de tez oscura y hábitos orientales guardan su turno para venerar, ¿por qué no?, ese espacio divino y arcaico donde en paz viviría Jesucristo su juventud, cuidado y amado por María y José. Una mujer se queda postrada ante la puerta de aquella habitación-cueva que esconde al fondo unos toscos peldaños de piedra, y dirige sus manos y ojos vidriosos hacia delante en un intento quizás de ver y tocar, de estar más cerca de la escena Divina.
Ya afuera se reúnen todos para entonar cánticos mientras sus coloridas vestimentas y porte exótico dan a la tarde que se extingue en tonos pastel un balanceo de verdadera alegría y esperanza. Poco después, paseando por las calles de Nazaret, apenas consciente del espacio físico por el que me muevo, comparto mi alma y dejo allí mi confesión sincera. Iniciamos el camino de vuelta a Jerusalén bien entrada la noche.

domingo, 24 de agosto de 2008

Diario de un peregrino. Día segundo.

Jueves, 1 de mayo. Recorrido por Jerusalén.

Jerusalén se muestra más real a la luz del sol. Bordeamos la muralla hasta la Puerta de Damasco y por ella entramos de nuevo a la ciudad, llena de vida legendaria, donde cientos, miles de musulmanes se afanan en el zoco con sus inagotables mercancías. Cada rincón está lleno de sonidos, colores, aromas… todos ellos embriagadores, que nos excitan y nos llevan a evocar el pasado lejano. Es fácil imaginar, sobre un trazado similar, el ir y venir de sus pobladores en tiempos de Jesucristo.
Pronto llegamos a una intersección con la Vía Dolorosa, y apenas somos capaces de reconocer los pasos que ayer dimos en absoluta soledad y silencio. Subimos por la calle santa desde la esquina donde se encuentra el Austrian Hospice, y al momento nos detenemos al paso de una procesión de peregrinos que se turnan para llevar a hombros una cruz, mientras salmodian y liberan su piedad y sus gestos de dolor. Continuamos hacia el comienzo de la Vía sin detener nuestros pasos. Más tarde haríamos el camino completo que hizo Cristo hasta el Calvario. La luz del día, y en cierto modo la multitud, parecen dar un aire de vulgaridad a lugar tan santo. Fue providencial el poder contemplarlo anoche transfigurado por la penumbra.
El ascenso por aquellas calzadas nos lleva a la Basílica de Santa Ana, donde se recuerda a los padres de la Virgen. Muy cerca pueden visitarse unos impresionantes restos arqueológicos, la Piscina Probática, cuyas ruinas esconden la veracidad y la historia del lugar: tallada en la roca; se muestran profundos estanques, plataformas y piletas, todo ello enmarcado o emergiendo entre vestigios de muros, arcos y columnas salpicados de vegetación salvaje. Esta cisterna abastecía de agua al Templo, fueron baños públicos de reconocidas propiedades curativas, y aquí es donde Jesús llevó a cabo la curación del paralítico.
La puerta de San Esteban abre la visión al valle de Josafat. ¡El valle de los muertos! Allí reposan cristianos, musulmanes y judíos; un lugar cerca del Cielo para todos ellos. Descendemos por la ladera hasta el fondo del barranco del torrente Cedrón. A partir de aquí se eleva el Monte de los Olivos.



En seguida llegaremos al Getsemaní, huerto donde se retirará Jesús con tres de sus apóstoles –Pedro, Santiago y Juan- y será prendido. Allá donde El se apartó como “un tiro de piedra” para orar, se levanta hoy la Basílica de la Agonía, de estilo bizantino, delante de cuyo altar se venera la losa de piedra sobre la que según parece el Señor oró en la víspera de su pasión. Ricos mosaicos celestes salpicados de puntos estrellados cubren sus cúpulas evocando la noche en que ocurrieron tales hechos. Los monjes franciscanos mantienen el recinto primorosamente cuidado, incluído un jardín con olivos milenarios que bien pudieran haber sido testigos excepcionales de aquella noche. Observando sus retorcidos y catedralicios troncos es difícil no concederles la gracia de su leyenda.
A partir de aquí no ascendemos más, sino que bajamos de nuevo al barranco con el propósito de seguir la muralla hacia el extremo sur, y hacer así el camino que Jesús el Nazareno recorrió maniatado desde el huerto, una vez preso de la patrulla romana y los guardias de los fariseos. Frente a nosotros tenemos ahora la Puerta Dorada – hoy tapiada por obra de albañilería sarracena -, aquella que sólo se abrirá en el fin del mundo, el día del Juicio Final. Los muertos que reposan en la ladera frente a ella ocuparán verdaderamente una posición excepcional al llegar tal acontecimiento. Nosotros no reparamos demasiado en ello.
Al atravesar el Cedrón y comenzar a subir hacia la muralla pasamos junto a la tumba del hijo del rey David – columna de Absalón –, la de Santiago el Menor y la del profeta Zacarías; vestigios del pasado remoto cincelados en la piedra. El sol es cegador mientras caminamos. Aquí, la imponente pared vuela sobre el valle haciendo que su ángulo, el llamado Pináculo, se distinga inaccesible para quien quisiera conquistarlo. Dicen que desde él tentó el Demonio a Jesucristo invitándole a saltar.
Continuamos bordeando la ciudad en busca del Cenáculo. Las callejuelas discurren flanqueadas por un mundo de piedra sin un trazado real. Un túnel, una puerta, una escalera te introduce en un nuevo espacio, quizás a otro nivel del suelo, a otra altura que te lleva a otros patios, que a su vez te conducirán hasta azoteas hermanadas con deslumbrantes cúpulas. Allá arriba descubrimos a un grupo de peregrinos que entonan a ese cielo milagroso sus cánticos gospel, lanzando también hacia arriba oscuros brazos y túnicas multicolores. El fervor se encuentra en cada lugar de esta ciudad.

El recinto donde se supone que Jesús celebró con los Apóstoles su última cena pascual judía es una sala sobria que invita al recogimiento. Me detengo tratando de imaginar la escena, la presencia, las palabras imborrables, las apariciones postreras…la dulzura del recuerdo tapiza estas paredes sencillas. La oración brota sincera.
Muy cerca, se llega a la Iglesia de la Dormición de la Virgen. Al descender a la cripta encuentras yaciente su figura de mármol como si fuera de cera. Una gran paz lo envuelve todo. Estaremos sentados a sus pies mientras nos dejen tranquilos.
Pasamos intramuros por la Puerta de Sión.
A primera hora de la tarde nos dirigimos a la Vía Dolorosa para rememorar, ¡para vivir!, la Pasión de Jesucristo. Es necesario abstraerse, pensar tan solo en cada estación lo que allí sucedió, dejar vagar el alma y las oraciones. A veces el gentío nos envuelve, pero tan sólo el lugar es trascendente. Jesús es condenado, carga su cruz, cae…capillas y rincones rememoran cada suceso. Todos los cristianos del mundo están aquí representados, como una pátina que cubriera estas losas superpuestas una y otra vez a las que pisó el Cristo, estas paredes que angostan el camino como provocando mayor contrición, y que te conducen bajo arcos y penosos ascensos hacia el Calvario. Atravesamos un convento copto, coloridas capillas abisinias y por una estrecha puerta salimos a un sombrío rincón ¡de la plaza por la que se accede al Santo Sepulcro! La oración y el recogimiento se disipan entre la muchedumbre y la sorpresa.
Ningún templo de la Cristiandad puede compararse a este. A través de los siglos, generaciones de creyentes han ido adosando santuarios, arcos, columnas, iglesias, túneles, escaleras que descienden a las entrañas del Gólgota, tumbas excavadas en la roca y escondidas en un mundo de caverna…
Traspasar la enorme puerta te conduce a un universo de arcaísmo, donde las profundidades envueltas en sombras comienzan en una especie de vestíbulo que alberga la losa de La Unción. Su autenticidad queda en entredicho, pero la Iglesia Ortodoxa Griega la venera con grandísima pidad, y así, sus fieles no cesan de postrarse ante ella, derramando lágrimas sobre el mármol rosado, besando y secándolo con sus pañuelos para llevarse éstos impregnados quizás de los aceites y perfumes que envolvieron al Señor. Un Patriarca se acerca rodeado de su séquito que le libra de la incomodidad de otros fieles, se inclina venerablemente y besa la brillante piedra. A continuación se dirigen a través de la penumbra hacia lo que se adivina una gran nave iluminada por miríadas de lámparas que cuelgan creando un ambiente de arcaico esplendor.
Seguimos el Vía Crucis casi trepando por una angosta escalera situada poco después de la entrada y que parece penetrar en el muro o en la montaña para conducirte hasta la cima del Calvario. ¡Qué lugar tan santo y lleno de devoción! En este nivel superior se encuentran dos capillas: una de la Iglesia Latina, custodiada por los Franciscanos, de exquisita sencillez, sobre cuyo altar un mosaico muestra a Jesús siendo crucificado junto a la imagen de la Dolorosa. Otra, propiedad de la ortodoxia griega, llena su espacio de lámparas de plata y oro, de iconos y paredes policromadas. Bajo el altar puede palparse el hueco de la roca que mantuvo la Cruz. El espíritu, al igual que los fieles, se agita, se postra ante este lugar santísimo y trata en vano de buscar el recogimiento sublime que quizás ha encontrado una figura de mujer, una sombra de ropas negras que se reduce así misma sobre un banco lateral.
Antes de bajar de aquella tribuna del sacrificio un balcón sobre el vestíbulo te sitúa entre decenas de lámparas colgantes, solas o en racimos, muestra de un sentido de la competencia entre latinos, griegos y armenios, que pugnan por elevar su autoridad y sus dominios en función de las luces que les son permitidas colocar, tras las cuales aparecen otros arcos, capiteles, pasajes, nuevas capillas como púlpitos…, confinado todo en una atmósfera de irreal arquitectura. Abajo, la Unción continúa atrayendo a mujeres de aspecto campesino que se arrodillan cubiertas sus cabezas con pañuelos y extienden sus brazos como queriendo abrazar el mármol pulido por los siglos y sus manos.
Una vez en el nivel principal de la Basílica, puede observarse la roca cruda y desnuda del Gólgota, la grieta que se abrió bajo la cruz, justo donde está situada la Capilla de Adán, debajo mismo de La Crucifixión. Y aún más abajo, como si de una caverna se tratara, se encuentra un altar en una pequeña nave no excavada, presente de forma natural en las entrañas mismas de la roca que le sirve de techumbre. El alma se encoge ante tanto peso espiritual. Un murmullo de rezos se extiende por doquier, avanzando por nuevos pasadizos, bajo arcadas de penumbra.
Se llega a una rotonda central iluminada en dorados por la luz celestial que llega desde su alta cúpula. Un templete gigante, escoltado por ciclópeos candelabros, guarda celosamente el Santo Sepulcro. Gentes de todas las razas, cristianos del mundo, se agolpan a su puerta deseosos de ver y tocar lo inefable. No dispongo más que de pocos segundos para encontrarme en tal lugar, suficientes para sentir como si de aquel angosto nicho, tenuemente iluminado, brotara toda la soledad del mundo, el silencio absoluto, la nada, el inicio de todo. La losa sobre la que reposó el cuerpo es de color y textura carnal. No puedo ver nada más, tan solo unas lucecitas que penden de las paredes remarcando quizás el tránsito que allí se siente: el paso de la muerte a la vida. En aquel espacio, Jesús se levantó, y yo siento cómo abrazo la fe y la esperanza que me enseñaron, sin resquicios ni dudas. He de salir. La orden taxativa del guardián no deja lugar a titubeos. Es un monje de la ortodoxia griega, de túnica oscura, bonete y largas barbas blancas.
En el lado opuesto a la entrada, incrustada en el arcaico monumento, existe una diminuta capilla en la que un ermitaño hace a su vez guardia eterna, ajeno a todos los que nos asomamos. Y muy cerca se accede a una cueva que también dará paso a extraños y remotos lugares a través de puertas cerradas. Al fondo, en aparente inexistencia, está la tumba de José de Arimatea, quien mandó prepararse ésta después de ceder la suya propia al Cristo para que pudiera ser enterrado antes del anochecer de aquel Viernes Santo, víspera de la Pascua judía. El mismo Herodes le dio permiso para que Jesús fuera descolgado y sepultado. Me invade la sensación de estar en el lugar de los hechos y ¡ay!, casi la de estar allí entonces, rodeado de huertos, a los pies del Gólgota, con un aire frío que mece las ramas de algún árbol, una luz crepuscular y el olor de la muerte y el fin. Juan abraza aún a María inmersos en el dolor, y saben que todo ha de ser arreglado.
Sólo los siglos han permanecido aquí, en este santísimo escenario, pacientemente enriqueciéndose de infinita fe.