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sábado, 23 de diciembre de 2017

Los ángeles anuncian la "Buena Nueva" a los pastores

Imagen relacionadaEntramos en la tercera y más importante parte del relato: «Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre» (Lc 2,8-12). Estamos ante un típico anuncio angélico bíblico, que guarda gran parecido con los anuncios a Zacarías y a María, que ya comentamos. Hay una diferencia clara entre ellos: aquí no hay pregunta de aclaración de cómo se llevará a cabo el mensaje angélico, porque lógicamente ahora se trata del anuncio de algo que ya ha sucedido.

Siguiendo el texto de la narración podemos desglorsarlo en las siguientes etapas: la presentación (v. 8); la presencia del enviado divino (v. 9); el temor que despierta el enviado divino (v. 9); unas palabras de consuelo (v. 10); llega el mensaje (v. 11); y, finalmente, los signos que ratifican el mensaje (v. 12). Comienza, pues, a cumplirse lo que hemos escuchado a María en el Magnificat sobre los anawim, los pobres y los humildes. En efecto, los judíos incluían a los pastores entre los «publicanos y pecadores», por su ignorancia religiosa, inflingían continuamente las prescripciones de la Ley de Moisés, y se les consideraba testigos no válidos en los los juicios... Sin embargo, fueron los primeros invitados a ser testigos del mayor acontecimiento hasta entonces acaecido en el mundo. Jesús, rechazado por los «suyos», es acogido por los sencillos y rudos pastores, primeros destinatarios de la Buena Nueva de salvación. El Buen Pastor ha querido que los primeros en conocer su nacimiento en Belén fueran unos sencillos pastores que hacían la guardia nocturna de sus rebaños.

La aparición inesperada del «ángel del Señor», acompañada de la «gloria del Señor» [12], produjo un razonable temor en los pastores. El mensaje que les dirige es una invitación a la alegría, acompañada por una exhortación a vencer el miedo: «¡No temáis!». La noticia del nacimiento de Jesús representa para ellos, como para María en el momento de la Anunciación, el gran signo de la benevolencia divina hacia los hombres. Aunque toda esta escena está enmarcada en un ambiente universalista -la cita del Emperador y el censo para todo el mundo-, san Lucas se refiere sólo al pueblo (laos) judío.

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Se inicia, pues, una época nueva (hoy, semeron). El gran anuncio, hecho con cierta solemnidad y con claro sabor mesiánico -os ha nacido "un niño" [13]-, es el nacimiento de un Niño Salvador-Cristo-Señor, títulos que nos revelan la divinidad del Salvador del pueblo y esperado Mesías. Aunque los pastores no reclaman ningún signo, el ángel les da una triple señal: encontraréis a un niño; envuelto en pañales; y reclinado en un pesebre.

La primera señal viene a decirles que el Mesías prometido, que es Dios y Salvador, no viene con fuerza y poder, sino inerme y débil, próximo o semejante a nosotros y que salvará a todos compartiendo nuestra misma condición y vida. La segunda señal, es interpretada por unos como una alusión a la realeza del niño; por otros, como acogida cariñosa de María y José; e incluso para otros, llega simplemente para decirnos que viene a la tierra como cada uno de nosotros, naciendo de una madre. Finalmente, la tercera señal -reclinado en un pesebre- es, para unos, un referente del sepulcro donde será enterrado; otros ven un paralelismo antitético con Is 1,3 [14]: los pastores, primicia del pueblo escogido, obedecen al mandato evangélico y conocen el pesebre del Señor; y, finalmente, según otros lo que pretende es sólo ratificar que el recién nacido desciende de David.

Acto seguido, el evangelista interrumpe el hilo de la narración y muestra otro hecho portentoso que completa el mensaje. Los cielos de Belén se llenaron entonces de ángeles cantores que alaban al Señor por el nacimiento de un Niño: «De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,13-14). El cántico de los ángeles revela a los pastores lo que ya María había expresado en su Magnificat: el nacimiento de Jesús es el signo del amor misericordioso de Dios, que se manifiesta especialmente a los pobres y humildes. De algún modo nos recuerda aquella teofanía que narra el profeta Isaías, en la que oyó cantar a un coro de serafines [15]. La «gloria» expresa el honor que se debe tributar a la Majestad de Dios. La «paz», en cambio, indica el efecto que va a tener el nacimiento del Niño: es decir, la felicidad que nos trae el amor de Dios para su pueblo por la llegada del Mesías.

Imagen relacionadaA la invitación del ángel los pastores responden con entusiasmo y prontitud: «luego que los ángeles se apartaron de ellos hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado» (Lc 2,15). Deciden comprobar ocularmente el mensaje angélico. También quieren obedecer con presteza y su búsqueda tiene éxito: «vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre» (Lc 2,16).

La Madre muestra con alegría a los pastores a su Hijo primogénito [16]. Es un acontecimiento decisivo en sus vidas. «Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño» (Lc 2,17). Después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, los pastores se convierten en los primeros evangelizadores de todos los tiempos. «Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho» (Lc 2,18).

¡Qué importante es que existan estos mensajeros del gozo que anuncian la venida del Señor! Sin esta llamada permanente y este «regocijo» de los mensajeros, tal vez olvidáramos la actualidad de la venida de Señor. Mensajeros fueron los profetas, mensajeros fueron los autores humanos de la Sagrada Escritura; mensajeros son -y serán siempre- en la Iglesia los santos y todos aquellos impulsados por el Espíritu Santo.


[12] En el tercer Evangelio la «gloria del Señor» (doxa Kyriou) es el signo característico de la presencia de Dios en la tradición sacerdotal (cfr. Ex 24,10) y está relacionada con la glorificación pascual de Cristo por parte del Padre (cfr Lc 9,26.31.32; 21,27). Ahora bien, «por la iluminación del Espíritu -comenta san Basilio- contemplamos propia y adecuadamente la gloria de Dios; y por medio de la impronta del Espíritu llegamos a aquel de quien el Espíritu Santo es impronta y sello» (Sobre el Espíritu Santo, 6).
[13] Cfr Is 9,6.
[14] «Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne».
[15] «Santo, santo, santo Yahwéh Seboat, llena está toda la tierra de tu gloria» (Is 6,3).
[16] LG, 57.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Los ángeles anuncian el misterio a los pastores


En los ábsides, están representadas las principales escenas del pasaje evangélico. Firma: Berthold Werner (Wikimedia Commons).Los pastores estaban escuchando el mensaje, envueltos en una nube de luz, cuando de pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace» (Lc 2, 13-14). Considerando este pasaje, Benedicto XVI hace hincapié en un detalle: «para los cristianos estuvo claro desde el principio que el hablar de los ángeles es un cantar, en el que se hace presente de modo palpable todo el esplendor de la gran alegría que ellos anuncian. Y así, desde aquel momento hasta ahora el canto de alabanza de los ángeles jamás ha cesado» (Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, La infancia de Jesús, p. 80).


De modo particular, aquel coro resuena a través de los siglos en el himno del Gloria, que muy pronto la Iglesia incorporó a la liturgia. «A las palabras de los ángeles, desde el siglo II, se añadieron algunas aclamaciones: "Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias"; y más tarde otras invocaciones: "Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo...", hasta formular un armonioso himno de alabanza que se cantó por primera vez en la misa de Navidad y luego en todos los días de fiesta. Insertado al inicio de la celebración eucarística, el Gloria quiere subrayar la continuidad que existe entre el nacimiento y la muerte de Cristo, entre la Navidad y la Pascua, aspectos inseparables del único y mismo misterio de salvación» (Benedicto XVI, Audiencia general, 27-XII-2006).

Al recitar o cantar el Gloria durante la Santa Misa -en los días y tiempos prescritos por la liturgia-, toca a cada uno tener presentes estos misterios, en los que contemplamos a Jesús hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, revelarnos el amor que nos tiene, redimirnos, restablecernos en nuestra vocación de hijos de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 516-518). Si nos unimos sinceramente al himno angélico no solo de palabra sino con la vida entera, alimentaremos el deseo de imitar a Cristo, de cumplir también nosotros la voluntad de Dios y de darle gloria.


sábado, 7 de diciembre de 2013

La explanada de los pastores


Santuario del Gloria in excelsis Deo, en Siyar el-Ghanam. Firma: Alfred Driessen.El segundo de los lugares, distante casi un kilómetro hacia el nordeste, se encontraba en el sitio de Siyar el-Ghanam, “el campo de los pastores”. En una ladera donde abundan las grutas naturales, había un terreno con ruinas que fue adquirido por los franciscanos en el siglo XIX. Las excavaciones realizadas entre 1951 y 1952 -continuación de otras parciales de 1859- sacaron a la luz dos monasterios que estuvieron habitados del siglo IV al VIII. La iglesia del primero habría sido demolida en el siglo VI y reconstruida sobre su misma planta, pero desplazando el ábside ligeramente hacia el este, lo que sugiere una relación con algún recuerdo particular. El complejo contaba con numerosas instalaciones agrícolas -prensas, piletas, silos, cisternas- y aprovechaba las cuevas de la zona. Estas habrían sido utilizadas ya en tiempos de Jesús, a juzgar por los hallazgos de piezas de cerámica pertenecientes a la época herodiana. También se conservan los vestigios de una torre de guardia.

Belén y su comarca ocupan un terreno suavemente ondulado. En algunas lomas, la pendiente ha sido escalonada en terrazas y se han plantado olivares; en los valles, las zonas más planas están divididas en campos de cultivo; y en las tierras sin labrar, donde enseguida aflora el estrato rocoso, crece una vegetación dispersa, típicamente mediterránea, formada por pinos, cipreses y varias especies de arbustos.

En esta región apacentaba David los ganados de su padre cuando fue ungido por Samuel (cfr. 1 S 16, 1-13) y, tres generaciones antes, su bisabuela Rut espigaba los campos de trigo y cebada detrás de los segadores de Booz (cfr. Rt 2, 1-17). Siglos después, cuando se cumplió el momento de la venida del Hijo de Dios a la tierra, allí tuvo lugar el primer anuncio del nacimiento de Jesús: “había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: -No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre” (Lc 2, 8-12).

En el altar, una inscripción recuerda la contribución de Canadá a la construcción del santuario. Firma: Jamie Lynn Ross (Flickr).Aunque el relato evangélico no permite identificar con certeza el lugar de aquella aparición, los cristianos enseguida la situaron en un paraje a unos dos o tres kilómetros al este de Belén, donde hoy se encuentra el pueblo de Bet Sahur: “la casa de los vigías”. San Jerónimo lo menciona (cfr. San Jerónimo, Epistola CVIII. Epitaphium Sanctae Paulae, 10), asociándolo al emplazamiento bíblico llamado Migdaléder -“la torre de Ader” o “del rebaño”-, donde Jacob estableció su campamento tras la muerte de Raquel (cfr. Gn 35, 21). En el periodo bizantino -siglo IV o V-, allí se edificó un santuario dedicado a los pastores, la iglesia de Jerusalén celebraba una fiesta la vigilia de la Navidad y también se veneraba una gruta. Hubo además un monasterio, pero de todo esto no quedaban más que ruinas cuando llegaron los cruzados.

Siglos después, ya en época moderna, dos lugares diferentes del pueblo Bet Sahur conservaban la memoria de las antiguas tradiciones. El primero era conocido como Der er-Ruat y se hallaba en la parte oeste de la localidad, que casi se ha convertido en un barrio de Belén. Allí había restos de un pequeño santuario bizantino. Actualmente existen en esa zona una iglesia ortodoxa, construida en 1972, y la parroquia católica, edificada en 1951 y dedicada a la Virgen de Fátima y a santa Teresita de Lisieux.

Sobre una roca que domina esas ruinas del Campo de los pastores, la Custodia de Tierra Santa edificó entre 1953 y 1954 el santuario del Gloria in excelsis Deo, donde se conmemora el primer anuncio del nacimiento de Cristo. Se llega a través de un paseo enlosado, flanqueado por pinos y cipreses. La vista desde el exterior, con la planta en forma de decágono y los muros inclinados, pretende recordar una tienda de nómadas. En el interior, destaca el altar en el centro; en las paredes, en tres ábsides, se reproducen las escenas evangélicas: la aparición celestial, los pastores dirigiéndose a Belén y la adoración del Niño. El torrente de luz que entra a través de la cúpula acristalada trae a la memoria la que rodeó a aquellos hombres. Diez figuras de ángeles, junto con el canto que entonaron, decoran el tambor: gloria in altissimis Deo et in terra pax hominibus bonæ voluntatis (Lc 2, 14).